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A SABER
Según el editor, el lector quizá quisiera conocer algo del autor antes de leer estas páginas. El autor, sin embargo, no tiene mayor interés en ser conocido de otra forma que no sea precisamente por esas páginas, o por otras semejantes.
Según el editor, el lector acaso esté deseando saber si el autor es adolescente o meritorio o demediado, si frecuenta mujer o acude a congresos, si piensa esto o aquello, si es alto o bajo. El autor, por su parte, disfruta economizando su intimidad, a sabiendas de que es poca, o vulgar, o suya.
El lector no debe en todo caso sentirse ofendido: el autor no alberga intención alguna de mostrarse soberbio o despectivo frente a sus pretensiones, variamente ocurre que las considera inapropiadas, o ineficaces, o desaconsejables a la hora de descifrar la obra en cuestión.
El autor sabe de múltiples razones para eso: una, que ya bastante difícil le resulta no entrometerse en las peripecias de sus personajes, como para estorbar la verosimilitud del artificio con delaciones biográficas propias, ajenas al efecto artístico; otra, que no refiere por pudor; una tercera, que no recuerda; una cuarta, que no interesa; y una última, que uno es lo que hace, no lo que dice que hace.
El autor no obstante admite que ha ganado un premio —también otros, otros premios—, y que es plausible que quienes se lo han otorgado deseen saber a quién lo han hecho: pero eso no tiene nada que ver con el lector, ni siquiera con el premio mismo, sólo la curiosidad lo justifica, pero la curiosidad tampoco tiene cosa que ver con la literatura.
El autor de ningún modo reprocha esa curiosidad: antes al contrario, la agradece, puesto que quienes lo han distinguido previamente lo han leído; no ocurre lo mismo con el lector, que recibe de otros la encomienda y que acude a estas páginas fiando en su dictamen, con el juicio prefijado y con la certeza de un goce probable.
El autor no cree que esto último deba ser necesariamente así, como tampoco cree que el criterio del lector haya de verse lastrado por un fárrago de logros académicos, ni por eso ni por el catálogo de victorias acumuladas en certámenes similares.
El autor considera que su vida carece enteramente de sentido separada de su obra, pero que lo contrario no es cierto, o no debería serlo a ojos de terceros: de manera que el autor se sabe más real, o más entero, en las palabras que imagina para otros que en aquellas de las que se apropia para sí.
El autor siempre ha pensado que el mérito de una obra, si lo hubiere, radica en la obra misma, como el mérito de la vida radica en quienes la viven, nunca en quienes la refieren.
Y es por eso que el autor se abstiene.
Y es por eso que suplica amablemente del lector se lo tolere.
Y es por eso que se dirige al editor instándolo a que lo deje en paz, a que no enrede.
G. Lasca, al editor como a cualquiera; sin otro agravio en particular, en el año aquel y a día de entonces.
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