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APÓCRIFOS

Historia universal del desatino
Ofrecemos a continuación 4 de los 42 capítulos de que consta el libro para que pueda el lector hacerse una idea del contenido.
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LORENZO EL MAGNÍFICO
(Cartas a Miguel Ángel)
El doce de octubre de 1964 y en Florencia, una comisión de expertos encargada de poner orden en los archivos radicados en los caóticos sótanos de la Biblioteca Medicea Laurenziana sorprendió un cartapacio de cordobán cuya existencia ignoraban los catálogos y cuyo contenido (cincuenta pergaminos infolio, manuscritos y en estado lamentable, quince de ellos cartas con la firma de Lorenzo de Médicis El Magnífico) suscitó de inmediato el afán de los especialistas. La minuciosa datación posterior de los textos así como su análisis hermenéutico no hicieron sino acrecer las dudas sobre su autenticidad: en su mayoría consistían en recensiones de índole mercantil y en apresuradas notas dedicadas a temas de intendencia familiar poco interesantes; las cartas, por el contrario y pese a su dudosa atribución, alimentaron las mayores polémicas no tanto por lo que atañía a su autoría cuanto por la identidad de su destinatario. A este último respecto, una de las hipótesis que peor fue recibida por los encargados de esclarecer el enigma la conjeturó Giuseppe Arento, semiólogo e historiador napolitano ya fallecido. Según Arento, cabía la posibilidad de que los quince pergaminos (cinco cartas en total) fuesen sendas reproducciones de la probable correspondencia que Lorenzo, tras conocer a Miguel Ángel —apenas un adolescente—, durante la visita que realizó al taller de Ghirlandaio, y quedar completamente fascinado por su talento, entabló con él a fin de atraerlo bajo su protectorado.
La controversia aún hoy, siete años después, se mantiene. No obstante, con independencia de pretender arrojar luz sobre tan confuso discurso de partes enfrentadas, mucho menos inclinarnos hacia ninguna de ellas, creemos oportuno transcribir aquí el conjunto para que el lector juzgue sobre su contenido, a la espera de conocer —y si es que tal hecho se verifica— la secreta razón que se oculta tras el motivo por el cual fueron redactadas, así como la identidad de aquel a quien iban dirigidas.
Añadir finalmente que del texto (cuya transcripción resulta en extremo dificultosa por causa del pésimo estado del original) se desprende con facilidad la idea de que se trata de un hallazgo —veraz o apócrifo— fragmentario, por cuanto es sencillo intuir tras su lectura que forma parte tal vez de un intercambio epistolar de mayor amplitud. Nos hallamos, pues, ante una instantánea —veraz o apócrifa, insisto—, ante la pieza arbitraria de un rompecabezas que en modo alguno puede iluminarnos el conjunto. Dictamine el lector en consecuencia.
Nevo Fosco
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I
Querido niño:
No considero vanas tus inquietudes, todo lo contrario: entiendo que me juzgas con ligereza y entiendo igualmente que tal proceder te lo dicta la poca claridad con que vengo expresando mis intenciones a través de estas dispersas notas. Hasta ahora la cautela —o la desconfianza con que dotan los años, si mejor te parece— me ha movido a ser prudente; pero puesto que así me lo demandas, trataré de serte franco en lo futuro: surta la presente testimonio de mi compromiso.
A mi juicio, acaso una de la más desmoralizadoras formas de intromisión que padecen por igual el arte o la ciencia sea aquella cuyo éxito pasajero se establece sobre la charlatanería y el populismo. Pero pese a esas nefastas interpolaciones de multitudes que asocian la creatividad, que la mancomunan, como si el talento fuera susceptible de incrementar sus cualidades merced al aporte arbitrario y caótico de los miembros de un gremio cualquiera; pese a las impúdicas corrientes que resurgen casi a cada siglo vindicando nunca se sabe bien qué ultrajados derechos anónimos del público sobre la obra del individuo; pese a los revanchismos artísticos, urgidos por la mediocridad y la renuncia, de ciertas generaciones desarraigadas y con tendencia al desaliño y la higiene precaria; pese al intolerable mesianismo de decenas de incultos pisaverdes que proclaman la sumisión de los métodos científicos al despotismo de una chusma ágrafa, compuesta por charlatanes y mercaderes de paños apolillados; pese a todo ello, la Historia se obstina, se ha obstinado siempre en demostrar, con inapelable elegancia, que cualquier acto creativo humano lo es en singular, que nada de lo que perdura (no importa si hablamos de un cuadro o de un esbelto edificio matemático) tuvo jamás su origen en otro cónclave distinto que el de una inteligencia decididamente solitaria, decididamente consagrada a sí misma y a su propio perfeccionamiento.
Ahora bien: la compulsión con que esa sorda manera popular de ejercer autoridad enferma la voluntad del individuo, la violenta incluso, observa sin embargo y de tiempo en vez efectos benéficos, diría ejemplares de no ser por la ingente cantidad de jornadas desperdiciadas que se hace necesario invertir para desenmascarar a sus propaladores. La ciencia y el arte son patrimonios del estudio y de la soledad, una suerte de sacerdocio cuyos ritos tienen como único objetivo la consecución de la pureza formal y cuyo dios no es otro que el desarrollo de las aptitudes recibidas hasta lograr su excelencia: la madurez del intelecto. La ciencia y el arte son sinónimos equivalentes de individualismo, ambas manifestaciones revelan una vez consumadas la voluntad infinita de un ser humano dedicado en cuerpo y alma a glorificar el único atributo distintivo de su género: el pensamiento. La ciencia y el arte son lacónicas perífrasis del mayor de los egoísmos: aquel que en absoluto tiene en cuenta los deseos de su prójimo, aquel que procede como si la conciencia del universo se redujese a un solo punto en un solo instante: el ego, aquel que opta por consumar sus más secretos designios sin importarle las cambiantes pretensiones del entorno o sus pedestres necesidades.
Un científico que investiga al socaire del dictado popular es un necio, un artista que crea al albur de la moda está perdido, vale lo que un mercenario, y se verá aniquilado tan pronto varíe el régimen que lo mantiene, que le paga y que lo amordaza. Una escultura que aún hoy nos admira tras dos mil años de haber sido cincelada alberga entre la veta de la piedra el alma inmortal de su hacedor, su empeño solitario por abolir la indiferencia del tiempo; un libro que conmueve a sus lectores cinco siglos después de redactado habla con diáfana claridad de un ser humano que logró sustraer su voz, su mirada y su personalidad de la caótica, indiscernible gritería con que las generaciones agonizan y se extinguen; la idea viva de un científico, sus diversas aplicaciones y la elegancia de su formulación justifican a ese hombre con mayor motivo cuanto mayor fue su apartamiento y su independencia; un edificio centenario, un templo o cualesquiera de los monumentos votivos que perduran por sobre la desidia de los siglos y la barbarie de sus pobladores, que nos enorgullecen de pertenecer al género humano, confieren a sus artífices la perpetua inmortalidad de la memoria. La trascendencia humana, lo divino que el Creador ha depositado en nuestro acomodaticio cuerpo, tiene como única redención la empresa feroz, agónica e irrevocable, de libertar el albedrío de las cadenas con que la civilización, su torpe inercia, lo aprisiona.
Es posible, sin embargo, que disipar a corto plazo el sonámbulo proceder de cuantos te rodean constituya para ti una tentación; es posible que el reconocimiento y las equívocas lisonjas de la multitud te seduzcan hasta hacerte vacilar; cabe incluso que tu incesante luz creadora te mueva a agotarte intentando hacerles ver aquello que tan claro se aparece a tu entendimiento. Huye de eso: no disputes, no pretendas demostrar que tu conducta te procura deliquios de felicidad: no te malogres. Actúa a solas, sé tú a solas, implacablemente tú; sé libre en cada gesto de tus manos, en cada una de tus ideas, en cada trazo del estique, en cada estructura que imagines. El resto no importa. Tú mismo, tú solo, eres tu obra de arte: cada segundo de tu vida te pertenece; no consientas que nadie ejerza autoridad sobre eso; no transijas nunca; deja a otros la fama fugaz con que acallan su más íntima vocación, déjales las riquezas y el crédito del vulgo: nada hay, nada puede comprar la autoestima; ningún público, ningún halago por numeroso, ninguna notoriedad por lucrativa, nada puede a la larga silenciar la voz de tu conciencia si la quebrantas, si renuncias, y renunciar, querido niño, constituye sin duda la más servil y provechosa compañera de tantos hoy espectros que se quisieron otrora seres humanos. Porque renunciar es tan fácil.
Ve, pues, que tus objeciones de ayer tenían fundamento. Reflexiona sobre estas sinceras palabras que te transmito y contéstame al cabo si cuantos reconocemos en ti la fuerza arrolladora del talento, si todos aquellos que secretamente desean gozar la obra que crees, si tú mismo, sobre todo tú, podrás perdonarte un único día de traición a lo que es la esencia de tu carácter, a aquello que te hace sentir vivo, que te duele en la misma sangre pugnando por brotar.
No quiero, pese a todo, engañarte: con igual contundencia con que te auguro que si claudicas estarás muerto, te advierto que si perseveras no habrá una hora de tu vida en que no te sientas amenazado, insultado o menospreciado. Sólo tú sabes si podrás soportarlo, en cuyo caso habrás ya comenzado a ser inmortal, invulnerable, y tu obra hablará por ti a las generaciones y a los hombres, será tu eterno testimonio, serás tú ante las pupilas de quienes la contemplen, serás más real que el público, más genuino que su mirada, y no morirás, nunca morirás.
Florencia, a tres de mayo, 1488.
II
Querido niño:
Temo no esté a mi alcance poder ofrecerte aquello que por el momento más deseas. No todavía. Ghirlandaio me fatiga con sus ínfulas, con sus grandes planes; me habla de ti como un peón más de su ignorada contienda; está lleno de fantasías irrealizables; su cerebro se enferma emboscado en una intolerable esfera repleta de despropósitos. Te aseguro que no le envidio el alojamiento: su ambición lo arde de fiebre, pero la ambición es como la muerte, que se aferra a todo pues sabe que la vida le pisa los talones.
Dos semanas hace que acudo con regularidad a su taller. De cierto que mi único deleite durante el áspero transcurso de esas visitas radica en contemplar alguno de tus trabajos. Me avergüenza confesártelo, pero no es la primera vez que los califico de mediocres, de simple artesanía: la política —eso llegarás a comprenderlo, quizá nunca a respetarlo— observa tales servidumbres. Me interesa por encima de todo atraerte bajo mi protectorado. No reparo, pues, en los medios, tampoco en las formas. Anteayer mi paciencia alcanzó límite: su torpeza no lo ciega lo bastante como para no ver en ti siquiera la décima parte de lo que yo veo. Se negó de plano a concederme tu tutela. Inútilmente argumenté sobre la escasa valía de tus aptitudes, sobre mis necesidades de un oscuro artesano, inútilmente ofrecí un generoso (te sorprendería cuánto) arreglo; apelé a tu padre, pero tu padre nada quiso saber del tema: Ghirlandaio tiene en su poder y a su favor un contrato de tres años: eres su siervo, el criado de un artista corrupto y medio loco, arruinado de cuerpo y espíritu, que frecuenta por igual los hospitales y los ministerios: en aquéllos agoniza y se consume, en éstos mendiga y se humilla. He consentido quizá por encima de lo esperable; en adelante, sabrás de mis logros por otros cauces, sabrás del león por sus obras. Ghirlandaio me estorba y a ti te aniquila: no te sorprendas si el futuro le depara inquietantes sucesos: hasta ahora he hecho lo posible, queda apenas el arduo recurso de lo necesario.
Mientras tanto, tú olvida si puedes; preocúpate del día a día, no malogres una sola de tus horas en lamentar el arbitrario despotismo que se te impone; deja eso de mi mano: tarde lo que tarde, te prometo querido niño que tu próximo destino será el jardín de San Marco. Bertoldo di Giovanni —ya lo conoces—, ese aventajado discípulo del genial Donatello, habrá de convertirse en tu nuevo mentor. Te reconfortará saber que ambos esperan con íntima satisfacción el momento de tenerte a su cuidado; conocen ya tus habilidades y comparten conmigo la urgencia y la necesidad de encauzarlas, de perfeccionarlas sin violentarlas. Mi familiaridad hacia ellos, la misma que me alienta a confiarles tu educación, se establece sobre una cualidad tan valiosa como extraña: en absoluto denigran el deslumbrante talento que se anuncia en tus trabajos; antes al contrario, la superior nobleza de su espíritu los mueve a gozar de ese fenómeno con una alegría, con una deliciosa disposición de ánimo que, lo confieso, probablemente yo envidiaría de no ser porque, a mi torpe, elemental manera y con mi enfermiza sensibilidad, experimento acaso lo mismo. A mi abuelo, Cosimo, debo en gran medida el haber cultivado ese don tan precioso que, si bien no renuncia a socorrer al prójimo, tanto más se complace en saborear junto a él los fugaces placeres de la dicha; a mi padre, Piero, igualmente adeudo el amor por la cautivadora excelencia que entraña la naturaleza humana, antes y muy por encima que la piedad provocada por el sufrimiento de esa misma naturaleza. En un tiempo en que prevalece y se difunde la engañosa liturgia del dolor, en un tiempo y en una cultura que elevan la miseria y los reveses de la vida a la dignidad de misterios, en un tiempo y entre un pueblo para quienes aquel que se rinde merece mayor amparo y guarda que aquel que exhala el último aliento combatiendo porque no lo dobleguen; en un tiempo tal, mi crianza y mi talante me impiden secundar otra cosa que no sea el coraje, la coherencia y la absoluta fe en la propia vocación. Resignarse a sufrir es sencillo, tanto como renunciar.
Quiero, pues, que sepas desde ahora que mi empeño por hacerme con tus servicios tiene sobre todo que ver con el placer que su ventajoso aprovechamiento habrá de depararme; quiero que sepas que en modo alguno mi liberalidad se dispensa para contigo porque me apene el trato a que ese buhonero de Ghirlandaio te somete: mi interés es puramente egoísta, puramente personal. No me conmueven en lo más mínimo ni tus lágrimas ni las súplicas veladas con que en tus últimas cartas tratas de apremiarme para que intervenga en tu favor: no te digo que vaya a hacer caso omiso de ellas, te digo sólo que actuaré pese a ellas. Si termino —y te he dado mi palabra, la palabra de un príncipe— con la confusa situación en la que te ves envuelto y a la que tu todavía vacilante personalidad es incapaz de sustraerse, si termino con el engreimiento y la cerrazón de tu insignificante tutor, no lo olvides, lo haré únicamente por satisfacer mi propia vanagloria: te deseo a mi lado para adornarme contigo, te deseo a mi lado para que el esplendor de tu arte me ilumine a través de los siglos y por encima de la memoria, te deseo a mi lado para que el tiempo y su indiferencia se dobleguen al recuerdo de aquel que te ayudó a ser, de aquel que comprendió lo que podías llegar a ser mucho antes de que ni tú mismo te decidieses a serlo. No te equivoques: no te amo a ti, amo algo que hay en ti y que sólo tú puedes edificar o destruir. Te allano el camino por sólo satisfacer el prurito de que tu obra se levante sobre mis posesiones, las haga perdurables; te allano el camino para justificar mi poder, también para honrarlo.
He aquí mis condiciones, he aquí también la desmesurada contraprestación que te exijo. El resto no me importa: confieso que lo deseo, pero sé que no tengo sobre ello ningún derecho, así pues, tampoco te lo reclamo. A tu grandeza de ánimo y a la generosa índole que te propicia tu inagotable creatividad, encomiendo el que algún día evoques con cariño estas torpes notas donde te entregó el alma herida un falso mecenas que no ve llegado el momento de abandonar tanta fatiga, tanto tedio, tanta aborrecible presunción. Porque algún día, en cualquier vasto paraje de tu vida futura, tentado de la fama o desprestigiado por la necedad, rodeado de aduladores o abrumado por el anonimato, algún día, cuando comprendas, cuando dolorosamente comprendas que cada instante de libertad deberás pagarlo a precio de sangre, ese día, cuando yo no esté a tu lado para distraer las implacables reclamaciones que exigirán sobre tu arte, ese día sabrás que tu confianza en ti mismo es cuanto patrimonio posees, lo único que podrás llevarte íntegro cuando te marches, y aun eso tratarán de arrebatártelo. Recuerda entonces, si es que por el camino no te degradas, que hubo en el pasado un hombre que confió en ti antes incluso que tú mismo; que tuviste un amigo verdadero, un amigo a quien nunca le importó disminuirse en favor de tu superioridad; recuerda entonces que nunca te pidió otra cosa sino y sólo aquello que podías dar, lo mejor que podías y debías dar, lo más difícil también.
No quiero nada, criatura, y eso porque nada te doy. No me deberás nada: la amistad es gratis, la mía. Y si es cierto que contraes una deuda, no olvides que tu acreedor no soy yo, eres tú mismo, contigo y para con tu propia perfección. Que de ello redunden beneficios inesperados para ambos, es argumento de escasa importancia. Por lo pronto, merced a ti, cuarenta años de este déspota atrabiliario que te escribe con menos frecuencia de la que quisiera, cuarenta años y una fortuna se justifican, tienen sentido y cenit. No los defraudes, pero sobre todo, no te defraudes.
Florencia, a quince de mayo, 1488.
-1- Giuseppe Piero Arento fue, efectivamente, profesor numerario de historia del Renacimiento en la Universidad de Nápoles; se le deben —aunque hay opiniones acerca del justiprecio— varias biografías de pintores, dos extensos ensayos sobre la arquitectura y escultura florentina de los siglos XV y XVI, libros de texto, innumerables reseñas críticas en prensa y una novela enigmáticamente titulada Idem. Nevo Fosco se refiere aquí a un artículo publicado por Arento en 1965, dos años antes de su muerte (Il Caffè, ejemplar de agosto), donde, aparte la tesis descrita, hacía un encendido panegírico de la importancia y repercusiones del hallazgo, por lo demás inédito todavía entre el público. La misma revista y en números sucesivos registró agrias réplicas de lectores, algunos de renombre indiscutible en la materia, que el propio Arento se encargó de sostener y alentar desde su sección. Como se ha dicho, Arento falleció poco después, en su domicilio de Nápoles y en circunstancias no del todo esclarecidas.
-2- El lector tendrá la amabilidad de imaginar que escribe Lorenzo de Médicis y que quien presuntamente descifra es Miguel Ángel. Cuanto a lo primero, sea el texto solo culpable en la ruina o consumación del artificio; cuanto a lo segundo, entendemos poco sutil establecer exigencias, menos aún asignar imputaciones. Que cada cual, pues, interprete como bien pueda —o como bien quiera, en cuyo caso declinamos toda responsabilidad.
-3- Lorenzo, o quienquiera que escriba, es sumamente injusto con Ghirlandaio. La obra pictórica de este «obrero sencillo y creyente», como lo describiera Elie Faure en L’art Renaissant (El arte del Renacimiento), ciertamente no puede compararse a la menos inspirada estampa de Miguel Ángel, entre otras razones porque tales analogías, propias de advenedizos, son mera barbarie, pero en absoluto la desmerece. El propio Lorenzo, o quienquiera que escriba, matiza páginas adelante (en la carta que hace el número cuatro) el tono de sus juicios, igual en lo referido a cuestiones personales como a las artísticas. Hasta tanto, basten estas pocas, autorizadas palabras, también de Faure, para situarlo en su correcto lugar: «[...] El único que amó la pintura en sí misma. Sólo él tuvo esa alegría de pintar que fue la gloria de Venecia y de los flamencos. Vasari nos cuenta que lamentó no disponer de todas las paredes de Florencia para cubrirlas de frescos. Sólo con Gozzoli [...], únicamente él entre todos los florentinos supo ver los paisajes hundirse entre las colinas y fue capaz de evitar las grandes salas embaldosadas, las terrazas, los cielos donde se destaca el perfil claro de los campanarios y de las torres. [...] Un gran obrero, alguna gravedad burguesa, algo de lirismo, mucha fuerza y conocimiento.» Qué duda cabe, es ésta la especie de halagos con que todo artesano sueña y que incomprensiblemente ningún artista agradece.
-4- Lorenzo moriría el nueve de abril de 1492, a los cuarenta y tres años. Tenía treinta y nueve en el momento de escribir estas líneas. Cabe aventurar que su ya precaria salud le anunciara cercano el final.
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PIERRE MANSARD
(Pedante)
Oriundo de la bretaña francesa, este Mansard —nada que ver con su compatriota parisiense François Mansard, arquitecto a quien mentirosamente debemos el muy bohemio invento de la buhardilla (mansarde), ni con el sobrino de éste, Jules Hardouin, también arquitecto en Versalles por orden de Luis XIV—; este Mansard, decimos, poeta, vividor adicto a la estocada monetaria, amigo de la penuria y del fracaso, revolucionario de las formas líricas bien que parco en los fondos, hijo de progenie confusa y literato de obra austera, avecindado en las tertulias existencialistas y en los contubernios renovadores, en dos ocasiones juramentado contra sus colegas de la pluma y en otras tantas corrido a estacazos por éstos, lector voraz de novedades editoriales (eso sí: solapas y reseñas como mucho —corren bulos de que se sabía de memoria las obras completas de Sartre, cosa que resulta algo más que difícilmente creíble, habida cuenta de que ni su mismo autor tuvo nunca muy claro lo que decía), vago irredento, bebedor por cuenta ajena, pródigo en citas y dueño de una erudición sospechosa como pocas; este Mansard, insistimos, de nombre Pierre y de domicilio desconocido, nacido con el siglo y ultimado, ya casi nonagenario, bajo las ruedas de un autobús de línea urbana a finales de la década de los ochenta, no figura en los apresurados recuentos de la Historia por causas difíciles de precisar, no obstante debérsele uno de los inventos de mayor éxito en la actualidad artístico-festivo-social, cual es el recital poético perpetrado con alevosía, premeditación y en banda no menor de a cuatro, recital entre cuyas muchas variantes —otrora antecedentes— destacan el inopinado asalto al transeúnte con la aviesa intención de leerle, lo quiera o no, unos espantosos, deleznables, inauditos versos de juventud, el voceado público o callejero de composiciones líricas grupales y la tertulia sentida, brillante, elucidaria, honda, de transición, como la vida misma.
No es cosa pueril, ni desechable: la Francia de entreguerras tuvo constancia de los primeros pasos de este oscuro vate popular sin otras repercusiones que la sorpresa de los viandantes ante un mozo legañoso que, ya fuera en cualquier recodo del Barrio Latino, ya en las descalabradas escaleras de Montmartre, vestido al estilo difuso grasiento (siempre nos hemos preguntado qué secreta razón hay para que tanto advenedizo confunda el arte con ir hecho un cerdo) y ayudándose de un amplificador fabricado en lata, la emprendía a declamar versos a voz en cuello, independientemente de si los apresurados peatones le prodigaban o no atención. Poco se sabe acerca de en dónde se inspiró Mansard para iniciar tan escandalosa actividad pública: parece ser que en su infancia estudió coléricamente y con nulo aprovechamiento, pese a contar con un preceptor oriundo de Londres; noticias posteriores dan a entender que fue sin duda ese mismo preceptor quien lo inició en las viejas prácticas sajonas de la arenga civil, preferiblemente de trasunto político y preferiblemente celebradas sobre un banco de Hyde Park, lugar que el tiempo y la costumbre institucionalizaron con el nombre de speaker corner. Ahora bien, sin negar la influencia británica de su invento, en favor de Mansard cabe argumentar la incontestable modernización temática con que se desenvolvieron sus disertaciones, de suerte que le toca disfrutar el privilegio de haber sido el primero en enriquecer las ásperas filípicas de índole disciplinaria con otras no menos cargantes, aunque, eso sí, en verso libre.
Alentado por la curiosidad que suscitaba esta novedosa forma de difusión poética (la gente se detenía para contemplarlo, estupefacta, más atraída por lo insólito del hecho y el aspecto dudoso del personaje, que por las bondades de su alocución), Mansard introdujo una variante, y ésta fue la de individualizar la conferencia. De modo que, tan pronto distinguía entre los circunstantes uno con trazas de sensibilidad melancólica, lo perseguía, lo sitiaba, lo derrotaba por cansancio, poco menos que le daba muerte espiritual y, acto seguido, le hacía el abominable favor de leerle sus obras completas (dos poemarios y una sarta de insensateces en prosa sobre lo que tenía que ser el arte y sobre lo que no estaba siendo). El atribulado oidor no encontraba otro recurso que el aflojamiento de la cartera (diez francos de entonces bastaban: magro precio por tan elevadas composiciones —es de sospechar que cada uno se vende en lo que vale), la salida por piernas aprovechando un despiste surgido en el fragor del recital o la porfía a puñetazos, opción ésta que, con ser algo extrema, resultaba siempre de absoluta efectividad.
El tiempo y los incidentes pugilísticos, amén de las intolerables corrientes de aire parisienses, insinuaron a Mansard un nuevo perfeccionamiento de sus métodos: los imaginó a cubierto, los imaginó en el remanso de cualquier cafetería, los imaginó aristocráticos, sentado ante una taza de ponche templado y saludando a las visitas. Tres bares del Barrio Latino sufrieron las consecuencias: una horda de tipos greñudos y mugrientos (insistimos en nuestra perfecta necedad para relacionar el arte con la ausencia de higiene corporal), otra de curiosos y una tercera variopinta, empezó a frecuentar aquel cónclave laico desde las seis hasta la madrugada, en días alternos al principio y omitiendo los festivos. Los quince que concurrieron a la inauguración tomaron sendos cafés, pagaron religiosamente según abandonaban el evento y prometieron volver acompañados de tal o cual figura señera. Para ser breves, diremos que a la tertulia que siguió se presentaron casi el doble, se consumió el triple y se pagó un quinto; la proporción se mantuvo durante dos meses, al término de los cuales fueron expulsados del recinto so pena de consumar su quiebra. Tal radicalismo de los propietarios no careció, sin embargo, de efectos benéficos: nació la literatura itinerante, hoy tan reputada, y que consiste en una panda cuyos individuos se emborrachan de gorra, componen versos, relatos o novelas a escote durante el trayecto que va de un garito a otro, vomitan al amanecer, y despiertan al otro día en la cama de no se sabe quién, acompañados por no se sabe quiénes, felices consigo mismos y con el mundo y repletos de orgullo por sus inmortales aportaciones al universo de Homero, aportaciones que nunca recuerdan, pero que a no dudar verificaron.
Pues bien, en estas y otras dispersas tareas, gastó Mansard el tiempo antes de alcanzar la que sería su máxima y última concepción literaria: el recital prodigado en un marco incomparable. A tal efecto, reunió a cinco, se desplazaron a Versalles y allí, amparados por los jardines y con las estatuas indiferentes como único auditorio, habilitaron un templete y perpetraron dos horas largas de lectura pública. Crecidos por el éxito inicial, repitieron. La cosa gustó. Sólo cinco años después, en loor de multitudes, se retiraron, fueron retirados para dejar paso a las nuevas generaciones.
Desgraciadamente, nada hacía suponer que aquel elegante gesto de generosidad comportase para Mansard el olvido y la defenestración. Había extenuado medio siglo, lo había derrochado: sus coetáneos lo ningunearon hasta extremos de náusea, sus actuales seguidores ni siquiera le reconocen el mérito de precursor. Cuatro décadas después, solo, senil, moría como había vivido, en la más prosaica miseria: lo atropelló un autobús de línea. El curioso o el necrófilo pueden visitar su tumba en el cementerio parisiense de Père Lachaise; sobre ella, esta irónica inscripción, acaso apócrifa, acaso falazmente atribuida: «La poesía es un acto de amor.» Desconocemos si ese lacónico epitafio le pertenece o si apenas consiste en una torpe interpolación de quien redacta esta torcida biografía. Sea como fuere, en ambos casos nos parece una apropiada frivolidad en perfecto acuerdo con quien tan frívolamente usó del arte: porque si es cierto que la poesía es un acto de amor, también ha de serlo que el ritual de su deleite debe celebrarse, pues, en privado; cualquiera, con un mínimo de sensibilidad, no puede por menos de admitir lo obsceno de dos cuerpos copulando en público, cuánto más entonces deben de serlo dos almas, decenas de almas: pura pornografía de los sentimientos.
Entendemos que se trata de una norma de educación elemental; Mansard y sus secuaces del presente, por lo visto, pensaron y siguen pensando de otro modo, un modo —lo confesamos— que siempre se nos ha antojado insoportablemente pedante, insoportablemente obsceno 4.
-1- Como adverbialmente el texto deja entender, a lo que parece, la atribución es menos un hecho historiado que una simple semejanza fonética. No es improbable que Mansard generalizara el uso de esta nueva forma de bifurcar los tejados, como tampoco que le prestase el nombre, pero sí que la inventase: ya antes de su intrusión en el confuso mundo de las arquitecturas, las fachadas de los edificios del siglo diecisiete, con el que nació, habían mirado las calles angostas desde párpados semejantes.
-2-Nos ha sido imposible informarnos del porqué de esta ultrajante insinuación. Especulando, y sin demasiado temor a equivocarnos, cabe que el autor, pese a su origen británico, estudiante en La Sorbona durante su juventud, fuera víctima de alguna de las extraviadas mordacidades de Sartre.
-3- Entendemos que se refiere a la prodigiosa inclinación con que se suceden los peldaños.
-4- Hasta donde alcanza nuestra curiosidad, los hechos intercalados en el artículo son ciertos, sin embargo incompletos. Concretaremos algunos: Mansard fue funcionario de correos; sus relaciones con la vanguardia artística francesa se multiplican en incidentes; la Segunda Guerra Mundial no contó con sus servicios aunque ignoramos la causa; el mayo del sesenta y ocho lo recuerda en primera línea de las barricadas, renqueante, con un pañuelo rojo anudado sobre la cabeza, blasfemando y arengando a los adolescentes a la revuelta; en el antiguo Ministerio de Transportes y Comunicaciones galo los archivos aún acogen tres expedientes disciplinarios que le fueron abiertos por absentismo reiterado, conducta poco higiénica y sustracción de material: folios, sobres, gomas de borrar... minucias. De su obra poética no se conserva nada, excepto algunos fragmentos que nos han llegado por terceros y el epitafio de que habla el artículo. Cuanto al segundo, no es, como pretende el texto, apócrifo o mera interpolación: una llave, un lapicero demediado, dos tapones de refresco, migas de pan y hojas de periódico recortadas configuraron todo el patrimonio mueble del cadáver una vez autorizado su levantamiento por el juez: en el margen libre de una de esas hojas, escrito con caligrafía obesa, infantil, un terceto cuyos versos desequilibrados expresaban lo mismo en otros tantos idiomas (francés, inglés y español) fue el anormal informador de su lápida. Cuanto a los primeros, André Delville transcribe un inverosímil soneto suyo en el ensayo Prolegómenos del 68 (París, 1991), y Alain Delvaux hace lo propio con un poema breve en Aledaños de Sartre: el total y el parcial de nada (Universidad de Orsay, 1993). De las extrañas actividades públicas de Mansard, el grueso de lo que se conoce es por rumores, aunque las correrías del Barrio Latino y los recitales en Versalles no carecen de testigos: algunos ancianos de ambos parajes coinciden en deplorar sus escándalos nocturnos en compañía de Boris Vian y otros, ninguno parece saber de su talento o celebrar su creatividad. El autobús que lo mató hacía el número diecinueve y el trayecto Catedral de Nôtre Dame-Centro Cultural Georges Pompidou. En el cementerio de Père Lachaise, la fosa donde reposan sus restos (un angosto, estéril prisma groseramente vestido de cemento a ras del suelo) dista apenas cien pasos de la de Óscar Wilde. El lector que muestre interés en procurarse mayores detalles, además de los libros ya citados, puede interrogar las páginas de sucesos de Libération (treinta de agosto de 1989), así como los archivos policiales del día anterior; también en la Quinzaine littéraire de esas mismas fechas, una nota retrospectiva lo cita fugazmente.
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ARTHUR PELHAM
(Ecologista)
En el año 1927, en Londres y en el período de entreguerras, Arthur Pelham daba sus primeros pasos hacia la fama: una fulgurante carrera en Oxford como naturalista y paleontólogo, y su temprano ingreso en The Royal Society of London, lo calificaban con generosa credibilidad para ejercer en el vasto mundo de la especulación científica. Su juventud (había nacido con el siglo) nunca levantó obstáculo frente a la consecución de sus fines; su origen humilde, tampoco. Se lo recibió en los exclusivos círculos eruditos de la época sin otra reserva que la que suscitaba su aspecto desaliñado, su, a veces, carácter atrabiliario y, lo menos soportable, sus maneras de ropavejero, en casi nula consonancia con el ambiente a que aspiraba. Por lo demás, comedido darviniano, poco amigo de la polémica y dueño de cierta ambigua tendencia al eclecticismo en cuestiones de opinión y a la sinécdoque en las de argumentación, con el tiempo Pelham fue paulatinamente superando la cautela que su peculiar idiosincrasia y su indumentaria, por así decirlo, dudosamente higiénica, provocaban entre la elite de The Royal Society. Cuatro años le bastaron para eso: en febrero de 1931 era aceptado con todas las consecuencias y derechos, incluso por aquellos miembros de carácter irremediablemente conservador y entre cuyos prejuicios no se encontraba como menos desarrollado el que interesa a la apariencia de los individuos.
Apenas certificado su ingreso, Pelham se dedicó sin descanso a un constante y multidisciplinario vagar por cuantas comisiones se establecían, colaborando aquí de secretario, allí de investigador, acá de grupo de presión bien que fuera en singular, con éste se desplazaba a un congreso, con aquél a un safari (visitó África y la India en sendas expediciones botánicas) y con todos aunando pareceres y aboliendo diferencias. Su incesante labor, desplegada en ocasiones diversas y en otros tantos asuntos, modificó en muy poco el concepto que de él se habían forjado sus colegas; antes al contrario, comenzó a adquirir cierta fama de estudioso infatigable y de hombre, si no imprescindible, sí decididamente eficiente. Servicial, que no servil —al menos en apariencia—, Pelham alimentaba sin pretenderlo esa opinión mientras, entre tantas y tan dispersas tareas a que se consagraba, su mente permanecía alerta en procura de lo imprevisible: buscaba ser seducido, buscaba también su verdadera vocación.
A los treinta meses de fatigar las bibliotecas y los gabinetes de The Royal Society, Pelham sucumbió ante algo que conocía con perfecto detalle desde sus tiempos de estudiante y que, acaso precisamente por eso, había obviado sin concederle excesiva importancia. Formaba parte por aquel entonces de una comisión dedicada a desglosar minuciosamente las extinciones naturales sufridas por la vida a todo lo largo de la Historia, comisión cuyas sugestiones, tan actualizadas como lo permitiesen los recientes hallazgos fósiles, verían la luz en forma de libro. Pelham opinó que sería oportuno extrapolar el estudio con respecto a la especie humana, también como fórmula suasoria para mitigar la bárbara conducta con que algunos de sus miembros se producían en el medio, desnaturalizándolo, tornándolo apenas habitable; apuntó igualmente que ése fuera el hilo conductor de todos los trabajos, ya que, si de momento el asunto no evidenciaba tintes catastrofistas, convenía ponerlo sobre la mesa en previsión de males mayores. Arthur Pelham estaba prefigurando el ecologismo.
Para su desgracia, los otros doce miembros de la comisión desestimaron la idea por considerarla, no falsa, sino enteramente alejada de las intenciones originales del proyecto; todo lo cual, según matizó el Presidente (sir Percival Newington), no estorbaba en absoluto para tratar posteriormente y con detenimiento el tema planteado, a su juicio, muy interesante. Aquello fue la semilla del caos: a partir de entonces y en lo futuro, Arthur Pelham, comenzó a desvelar la verdadera índole de su carácter: como primera medida se opuso a cualesquiera conclusiones ulteriores que no tomasen en cuenta su propuesta, como segunda amenazó con dinamitar el proyecto haciendo uso de sus influencias en el gremio científico (no pocas, dado su continente servicial), y como tercera dio por concluida la comisión amparándose en su recién adquirido derecho de veto. La respuesta de The Royal Society no se hizo esperar: a la semana de desencadenada la controversia, la directiva en pleno, escandalizada por las intolerables pretensiones del joven discrepante (a quien, en un premioso acto de conciliación se había llegado a ofrecer la dirección de otro grupo de estudio que se dedicase en exclusiva a desarrollar sus hipótesis, ofrecimiento que incomprensiblemente desestimó), decidió expulsarlo sin paliativos y sin más explicaciones que las referentes a su falta absoluta de cualidades para no inmiscuirse en labores ajenas mientras llevaba a cabo las propias.
Acaso fuera un error, porque Pelham cumplió su palabra: de la casualidad y de la impotencia había extraído un motivo con que declarar la guerra a sus benefactores; había encontrado por fin su vocación. Empezó con pasquines: empapelaba furtiva y suciamente la fachada de la Royal a base de pringosos avisos cuyo contenido bordeaba el insulto unas veces, la paranoia otras y el despropósito la mayoría; siguió con discursos: los impertérritos jardines de Hyde Park sufrieron por decenas sus arengas, los transeúntes las aplaudieron, los vagabundos las deploraron; crecido por el éxito, se atrevió con empresas mayores: maquinó un golpe de efecto: el siete de octubre de 1933, a las once de la mañana, irrumpió en la Cámara de los Comunes vociferando el desastre y anunciando el Juicio Final o debacle similar: las repercusiones populares fueron de una relevancia inusitada. Ante semejante aparato de propaganda, sus damnificados no perdieron el tiempo: contraatacaron con notas de prensa y una innumerable serie de conferencias explicativas, todo practicado con gran seriedad y por ello con mínimos efectos. De hecho, durante los dos años que siguieron, la polémica sembró de esquelas figuradas el mudable campo científico. Perdidas la formas, pronto las voces de ambos bandos (junto a Pelham batallaba un heterodoxo ejército de despojados) se empezaron a oír aquí y allá por no otra causa que la entrañada en una inocente alusión; contagiados los espectadores, tesis de laya dispar se propalaron en favor de ambas facciones con análoga abundancia a que los adeptos acrecían en número y requisitorias. El desenlace de tan peculiar disputa, hasta el momento sólo dialéctica, se dibujaba algo más que incierto, si bien es verdad que el contingente oficial parecía perder crédito popular a cada semana que enterraba el calendario.
Nadie hubiera podido prever lo que ocurrió, nadie hubiera imaginado una resolución tan sangrienta, y menos que nadie la propia The Royal Society cuando, al cabo de los dos años, decidió cambiar inesperadamente de táctica: simplemente optó por suprimir a Pelham, simplemente concibió y desarrolló un pacto de silencio cuyos efectos alcanzaron grados de humillación, simplemente maquinó arrebatarle los pocos argumentos con que se pertrechaba. Así, en marzo de 1935, sus servicios editoriales publicaron un vastísimo estudio en tres volúmenes sobre la influencia del ser humano en la conservación del medio; la obra, lujosamente encuadernada en cuarto, se acompañaba con un ejemplar no venal en rústica, especie de resumen a disposición gratuita de cuantos se mostrasen interesados por el tema. El golpe resultó demoledor, la inteligencia que se invierte en devastar siempre lo es: competir contra un gigante puede reportar fama, competir junto a ese mismo gigante de ordinario apareja el ridículo. A las pocas semanas, retirado del campo de batalla un contendiente tan conspicuo, los empeños de Pelham y sus secuaces se encontraron de una vez sin el objeto de su súbita popularidad y sin el altavoz con que propalarla: «Hacen mucho ruido, sí, pero a la hora de actuar son los que trabajan en silencio quienes aportan soluciones prácticas», fue la frase acuñada por el vulgo para describir la nueva situación. La derrota no tenía paliativos, siquiera quedaba el recurso del martirio: cinco meses después, en su casa de Tabernacle Street, Sir Percival Newington era estrangulado por Arthur Pelham.
Londres y la comunidad científica se horrorizaron, clamaron venganza y la justicia se la concedió. El juicio duró apenas dos días. Durante su transcurso, Pelham, que se había declarado inocente pese a reconocer el crimen, declinó en todo momento la asistencia de un abogado e incluso el derecho a la propia defensa. Sólo al convocarse el alegato final, ultimada por el ministerio fiscal la petición de pena de muerte, Arthur Pelham se dirigió al jurado: «No siento lo que he hecho —dijo entonces—. Obré así por economía: cualquier naturalista de posibles sabe que es menos oneroso aniquilar a un competidor que convencerlo. Por otra parte, ellos —aludía a sus antiguos compañeros— poseen armas de eficacia insuperable: la indiferencia y la capacidad para trivializar cualquier problema mediante el uso indiscriminado de la razón, armas frente a las cuales entiendo que sólo cabe oponer el asesinato. También esto es una cuestión de supervivencia. Con el tiempo, sin embargo, venceremos: está en juego la viabilidad de la especie humana, está en juego nuestra propia extinción. Debemos mostrarnos implacables en conservar nuestro entorno: maté a un hombre porque en su persona se significaban los peores de entre los males que aquejan a nuestra sociedad: la falta de conciencia del lugar preferente que ocupa el ser humano en el proceso evolutivo y la desidia para con todo aquello que supone su necesaria conservación. No pude convencerlo, no creí necesario malgastar un tiempo que estimo precioso convenciéndolo, y decidí matarlo. Eso es todo.»
Aquel indigno apólogo de la barbarie hizo desaparecer cualquier vestigio de reserva o duda razonable entre el jurado —y si es que alguno existía— a la hora de inclinarse por el fallo de culpabilidad: el tribunal consideró oportuno aplicarle la máxima pena, no pudo sin embargo evitar que a la mañana siguiente las páginas de cuantos periódicos habían asistido a la vista difundiesen con igual tipografía tanto el contenido de la sentencia como las peculiares reflexiones del encausado. Quizá también esto fuera un error: enardecidos por la arenga, de inmediato sus partidarios convocaron una manifestación de repulsa y desagravio: en el llamado, podían encontrarse invocaciones, ciertamente poco inspiradas, de tenor análogo a «¡Derribemos el sistema!» o a «¡Pelham no morirá!» o también a «¡La Royal es la cueva de Caifás!». De nuevo, se temió un recrudecimiento de las hostilidades, pero tal extremo no se produjo, no pudo producirse: cuatro días antes de que se celebrase el contubernio asambleario y a cinco de que Pelham tentase los rigores del patíbulo, The Royal Society zanjó de una vez y para siempre la controversia haciendo pública esta lacónica, oportuna reseña en la sección de cartas al director de The Times: su título: «A Arthur Pelham y sus seguidores, conservacionistas y asesinos, de sus posibles víctimas, nosotros, todos los demás»; sus argumentos: «Es bien sabido que, a finales del período Ordovícico, se verificó una de entre las muchas extinciones en masa que cíclicamente han asolado la tierra. En aquella remota ocasión, cuyos límites temporales fluctúan entre hace 505 a 438 millones de años, más de una quinta parte de las primitivas especies existentes dejaron de poblar la superficie del planeta sin otro motivo que el capricho de una naturaleza desatada y hostil. Pero la vida siguió.
»Posteriormente, en el Triásico tardío (245 a 208 millones de años), la masacre, ahora diversificada, se repitió, dejando libre el escenario para la aparición de los dinosaurios, y la vida siguió. A partir de entonces y durante miles de milenios, la estabilidad fue norma, sin embargo el holocausto de lo que en principio parecía el estadio más próspero de la evolución fue al cabo consumado en las postrimerías del Cretácico (145 a 65 millones de años): los dinosaurios, aquellas colosales, aparentemente invulnerables formas de existencia, resultaron aniquilados por completo. Pero la vida siguió, y la diminuta —casi microscópica en la analogía— presencia de los mamíferos tomó por asalto un mundo devastado.
»No obstante, este apresurado recuento de catástrofes carece en absoluto de importancia si lo comparamos con uno de los más cruentos episodios de que la paleontología tiene noticia: durante el ocaso del Pérmico (286 a 245 millones de años), el exterminio alcanzó cotas siquiera concebibles; tanto en tierra como en mar, se estima que el 95% de las especies sucumbieron; para el 5% restante había pues terminado el fácil proceso de la expansión y comenzado el de la supervivencia. Pero la vida siguió.
»Las cucarachas, en sus múltiples variantes, llevan 400 millones de años sobre la tierra y no se dan tantas ínfulas al respecto de su posición en la escala evolutiva. Es acaso un intolerable ejercicio de soberbia pensar que podemos dañar a la larga nuestro entorno. El mundo permanecerá con nosotros o sin nosotros; en cualquier caso siempre indiferente a nosotros. Atentar contra el ecosistema que nos hospeda y que nos sustenta no es un crimen, es sencillamente un acto de mal gusto, de falta de higiene, pruebas ambas de una deplorable educación. Ver en ello otros designios que los inherentes a la estupidez de nuestra especie, empeñarse en defender el medio de nuestras torpes intromisiones, pensarnos guardianes de aquello que nos ha precedido y que igualmente nos sobrevivirá, creernos depositarios de un legado que ni nos tiene en cuenta ni lo necesita, hacer empresa vital de lo que es puro sentido común; bien, cabría sospechar que son muy otros los móviles, que son muy otras las carencias, que más que proteger la naturaleza, importa protegerse de las ausencias interiores, de los propios fantasmas.
»Somos el producto de un nicho ecológico perfectamente determinado: lo durable de nuestro tránsito vital depende enteramente del cuidado que observemos a la hora de mantenerlo intacto. Lo demás es presunción y vanagloria, lo demás es atribuirse el liderazgo de una causa que no existe y que tampoco precisa de paladines: el mismo nicho que nos engendró nos enterrará, el mismo nicho que ahora nos acoge y alimenta nos utilizará como abono.
»Es ya tarde para que el señor Pelham comprenda que su delirante campaña carece de objeto según los términos en que él la planteó. Aun así, entendemos como deber inexcusable de esta Sociedad el hacer pública nuestra absoluta convicción de que preservar el entorno (tarea necesaria en cualquier caso) es sobre todo una exigencia estética mucho antes y muy por encima que ética: en ciertos asuntos, lo contingente de los preceptos morales, su espuria supeditación a designios económicos o humanitarios, aconseja guiarse por sólo la belleza formal, la permanencia de cuyos valores se nos antoja a la larga mucho menos voluble, mucho menos adaptable a según qué intereses transitorios. A nuestro juicio, ningún saludable provecho puede esperarse de quien interpreta la vida y sus múltiples interrelaciones con el medio como un proceso moral: no hay nada moral en la naturaleza, nada de lo que inferir virtud, amor o solidaridad, sólo oportunismo, voraz oportunismo y caótica supervivencia; a veces, casi siempre, estética. Que sea entonces esa amable y última sugestión la que nos sirva de guía, no el prurito de erigirnos en ridículos custodios de lo ya por sí inmutable: conservemos el entorno por no otra causa que por aquella que nos distingue del resto de los seres vivos: la capacidad para gozar de su belleza, la capacidad para descubrir valores formales allí donde las demás especies no encuentran sino utilitarismo. Sea nuestro egoísmo vital no una torpe, inferior necesidad de aplacar oscuros instintos de permanencia, de satisfacer el hambre o de trascender sin otro propósito que el numérico; sea nuestro egoísmo vital un egoísmo que sólo a nosotros nos es familiar, sea nuestro egoísmo un acto intelectual, el mismo que nos mueve a respetar el arte, el mismo que nos debe persuadir a respetar la más bella de las obras de arte: nuestra morada: el inimitable lienzo salpicado de formas y colores que habitamos.
»Parece obvio que si el señor Pelham hubiese secundado esta tesis, si hubiese cultivado sus dotes de esteta antes que las de anacoreta, al día de hoy el nicho que aguarda su cadáver no se encontraría tan escandalosamente atestado de basura. Eso es todo.»
Arthur Pelham Leyton fue ejecutado en la horca el veinte de septiembre de 1935 y su cadáver enterrado en una fosa común. Sus partidarios se disolvieron; hoy, cuatro años después, su torpe causa carece completamente de crédito.
-1- Literalmente, «Real Sociedad de Londres». Es con toda probabilidad la más antigua institución científica del mundo; fue fundada en 1645: grupos de científicos comenzaron entonces a reunirse sin otro interés que la discusión de las ideas. En 1660, aquella anárquica pero gozosa costumbre recibió sanción oficial por parte de Carlos II; pasados once años, se la encargaría del Royal Greenwich Observatory. La anécdota que refieren estas páginas es una más de entre las muchas, no tan sangrientas, que salpican su ya dilatada historia: es popular aquella ocasión en que Newton, respetado y famoso, tomó la palabra por vez primera en quince años para... para pedir por favor que se cerraran las ventanas del fondo, pues le parecía que había excesiva corriente (los propios archivos de la Royal conservan una deliciosa acta del día al respecto; la firma Brad Hall, bibliotecario); como también resulta del dominio público, al menos entre los conferenciantes que en la actualidad acuden a informar de sus trabajos, la costumbre de encerrarlos con llave en un reducido gabinete desde un cuarto de hora antes de iniciarse el acto; protocolo tan singular tiene su origen en la contrastada falta de aplomo de Charles Wheatstone, médico a quien, promediado el siglo XIX, lo asaltaron tales nervios durante los minutos previos al momento de pronunciar el Discurso de los Viernes, que huyó sin dar explicaciones (igualmente es un documento conservado en los archivos de la Royal, y redactado por un testigo ocular de los hechos: Albas Startoff, físico, el que nos ilustra sobre el incidente y sus consecuencias). (Nota de Lasca.)
-2- Percival Newington fue, en efecto, presidente de la Royal durante veintisiete años, de 1908 a 1935, los quince últimos como honorario, momento en que Jorge V le concedió la distinción de sir. (Nota de Lasca.)
-3-Intelligent life (Vida inteligente, The Royal Society, Londres, 1935). Tanto los tres tomos citados como el catálogo adyacente vieron la luz con igual título. En el segundo caso y en noventa días, se agotaron tres ediciones de veinte, veinticinco y veintisiete mil ejemplares respectivamente; en el primero, los tres tomos, cuyo precio en pesetas actuales rondaría las dieciocho mil, fueron adquiridos en número no inferior aunque en un período de tiempo más extenso: sin duda que a ello colaboraron varias traducciones y no pocas bibliotecas europeas. A este respecto, es incierta la frase atribuida a Bernard Shaw, o al menos nosotros no hemos podido contrastarla: «Considerados los hechos, estoy estudiando la oportunidad de abandonar el teatro y dedicarme a la especulación científica: sería igual de necio pero mi editor y mis acreedores me lo agradecerían. Creo.» (Nota de Lasca.)
-4- Alusión al proceso político de Jesús
-5- La reseña, creemos, puede adjetivarse como se quiera excepto de lacónica: su extensión rebasa con mucho la conveniente para cualquier carta al director y para cualquier periódico. No obstante, su existencia es veraz: el estudioso podrá compulsarla en el número 32.571 de The Times, ejemplar del quince de agosto de 1935, y bajo la sección indicada, sección que ocupa por entero la página y parte de la adyacente. Por cuanto a la declaración de Pelham, a la que presuntamente rebate, no nos ha sido posible verificarla: la exactitud con que el autor —por lo demás, testigo de los hechos— recoge otros datos de menor importancia nos persuade a imaginarla poco menos que literal. (Nota de Lasca.)
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ENFIELD STOCKWELL LAMBETH
(Salteador de caminos)
Inglaterra ha sido desde antiguo tierra fértil en ladrones, piratas, maleantes, rateros de baja estofa, aristocráticos despojadores y espantaviejas de laya diversa; su siglo XVIII ostenta el equívoco privilegio de albergar sin duda la cosecha más fructífera de tan estimable producción; Enfield Stockwell Lambeth, cuya vida surge en 1780 para remitir treinta y cuatro años después, se erige por derecho propio en el fruto insignia de aquella época feraz, en el conspicuo, indiscutible representante de una cultura y un tiempo donde las propiedades de un hombre importaban por encima de lo que ese mismo hombre era.
Las noticias sobre su origen se ofrecen fugitivas. Importa decir que nació en el seno de una acomodada familia de artesanos secreta y severamente calvinistas (su padre dirigía en Hendon, a las afueras de Londres, un taller de ebanistería), donde Enfield, al parecer, recibió una educación piadosa y elemental que en nada pudo sin embargo contribuir a moderar la índole montaraz de su oblicuo carácter. Dueño de una fortaleza y aptitudes físicas envidiables, a los catorce años verificó su primer delito en la persona de su preceptor, un hombre enjuto, mezquino y polvoriento cuyas virtudes pedagógicas oscilaban entre disimular lo que ignoraba y ensalzar las propiedades eméticas y astringentes (antiguamente laxantes) del jugo de moras. Enfield, harto de sus menosprecios, le propinó una minuciosa paliza, lo ultimó ayudándose con un taburete de nogal macizo y se fugó no sin antes despojarlo de cuanto llevaba encima: un reloj de plata rebajada, quince chelines en piezas de cobre, un capote de lana seminuevo, un par de botas recién estrenadas, un par de guantes de cabritilla, una blusa de muselina con pechera bordada y un zurcido a la altura del omoplato izquierdo, unos anteojos montados en oro bajo y unas calzas tan espesas como deplorables que desestimó algunos días después de su huida, a la altura de Eton; asimismo, Enfield se apropió de tres libros: una biblia encuadernada en vitela flexible, un manual de gramática y un ejemplar en cuarto, visiblemente expurgado, del Gargantúa y Pantagruel de Rabelais. En adelante y durante las dos décadas que siguieron, ésa fue su indumentaria y ésas —bien que con las precisas renovaciones— sus únicas armas; en adelante y durante dos décadas, los caminos reales británicos sufrieron la esquiva habilidad del más singular y olvidado salteador de caminos que ha concebido la Historia.
Su segundo delito se consumó apenas dos semanas después y en Watford: para la ocasión se hizo pasar por un joven respetable y de posibles: tomó la diligencia hacia Coventry, y no ya ésta se puso en marcha, hizo saber a la concurrencia (tres damas entradas en años y dos petimetres afables) sus intenciones. Uno de los lechuguinos afectó maneras de rebelarse y se vio reducido a la inconsciencia por un golpe entre los ojos que Enfield le asentó con el lomo de la biblia citada y no sin pericia; el otro, tan pronto ponderó la áspera tesitura de los hechos, se sometió a los dictados del asaltante y puso a su disposición cuarenta soberanos de oro suyos y medio centenar largo de su compañero, todo lo cual, sumado a la aportación de las señoras, configuró la cifra nada despreciable de ciento treinta y siete libras, un prendedor de plata, dos dijes con zafiro y otros tantos relojes de fábrica menos regia. Acto seguido detuvo la diligencia, conminó al conductor a cesar en sus atribuciones, éste se negó, se produjo un breve forcejeo, el conductor cedió tras recibir la embestida de cuatrocientas páginas de gramática en la sien, los pasajeros pusieron entonces pie a tierra y segundos después Enfield se perdió en la distancia llevando consigo el vehículo y el producto de su meditado trabajo. Informada de los hechos, la policía patrulló la carretera a todo lo largo; fue en vano: no pasaron dos días cuando a sus oídos llegó noticia de un delito similar perpetrado en Windsor, justamente en sentido contrario donde se esperaba se hubiese dirigido el prófugo: esta vez se hablaba de un conductor de diligencia que había asaltado a los viajeros, los había aporreado sirviéndose de mazos de papel y los había abandonado a su suerte, semidesnudos, en medio del bosque, de noche, con cerca de trescientas libras menos y con toda impunidad.
Aquel tercer desafuero significó el principio de su gloria: gracias a su moderada violencia, a su aséptica metodología y a su nulo interés por practicar sobre las clases peor favorecidas, Enfield empezó a ganarse entre el vulgo cierta fama de salteador probo cuyos empeños atendían más a ridiculizar aristócratas y burgueses pretenciosos que a menoscabar el patrimonio ajeno; gracias al peculiar sistema de reducir a sus inquietas víctimas, pronto se lo apodó the enlightened (el ilustrado), the bookworm («polilla de los libros» o, por extensión y en sentido figurado, «el apocalipsis literario») e incluso the engaging (el simpático) —las autoridades, por su parte, se referían a él limitándose a designarlo como the scabby (el tiñoso), mote que probablemente les sugirió el aspecto arrebolado de su piel—; y gracias también a ese sistema fue que, dieciocho años después y sesenta y tres atracos perpetrados con éxito y ganancia creciente, la policía pudo detenerlo en los alrededores de Sheffield, concretamente en Chesterfield, justo cuando ingresaba en una diligencia exhibiendo con intenciones poco amigables un descomunal volumen infolio de Gargantúa y Pantagruel sólidamente encuadernado en cordobán: para su desgracia, Enfield, en el fragor admonitorio e intimidatorio, se escurrió de la escalerilla del vehículo y dio de espaldas contra el suelo; el libro, por su parte, hizo lo propio, pero contra su cabeza.
Antes de eso, sin embargo, sus delitos y su reputación acrecieron a ritmo parejo. Los rumores quieren que destrozase cerca de cien volúmenes en el curso de sus hazañas y que dejase maltrechos a otros tantos ciudadanos que le hicieron frente; los archivos reducen ambas cifras a casi la mitad, pero triplican, por el contrario, la cuantía de sus botines (un total de cuarenta mil libras entre monedas, joyas y diversos efectos). Durante los años en que ejercitó su actividad, portar libros en público se convirtió en motivo de sospecha: no pocos estudiantes, de viaje o en tránsito ocasional, hubieron de padecer severos interrogatorios cuyo indefectible resultado, dados los hábitos inquisitoriales de la época y según el carácter de los incursos, era ya la asunción total de culpabilidad, ya el desmayo invariable tras algunas sesiones de preguntas, ya la demanda a posteriori por abuso de poder, ya el descubrimiento de otras infracciones menores que los presuntos confesaban en la esperanza de no verse implicados a peor. Pasada una década de fracasos e impotencia, las autoridades promulgaron una normativa demencial (Diligence’s law, 1806) en cuyos dos lacónicos apartados se prohibía terminantemente acceder a los transportes públicos provisto de libros o similar y transitar por los caminos reales de guisa parecida. Fue inútil: Enfield continuó acreditando victorias mientras sus perseguidores reunían fracaso tras fracaso. En 1807 se decretó silenciar toda noticia de sus actividades: semejante medida no produjo otro efecto sino el de magnificar su leyenda y desdibujar la realidad de sus mejores golpes, pervertirla en cualquier caso. En 1812 a punto estuvieron de detenerlo mientras saqueaba un correo militar (sin duda por equivocación, pues el coche iba camuflado), y en diciembre de 1813, cinco atracos y un amago después, se lo detuvo al fin y en las condiciones ya anteriormente descritas.
Trasladado a Londres, se le incoó un proceso a puerta cerrada de cuyo transcurso e incidencias sólo se conocen vagos rumores. Al parecer, en aquella tesitura extrema, Enfield se declaró inocente de todos los cargos pese a reconocer haberlos llevado a cabo sin remordimiento alguno; dijo asimismo haberse guiado siempre por las enseñanzas de Paniurgo, personaje de Gargantúa y Pantagruel, su arma predilecta, y personaje a quien el autor atribuye sesenta y tres maneras diferentes de procurarse dinero, de las cuales la más honorable y generalizada interesa al hurto perpetrado furtivamente; para justificar esto, alegó la evidencia bíblica de que todos los hombres nacen iguales, y pues no lo son en la actualidad, es obvio que el orden inicial se ha prostituido, de suerte que el que intenta restablecer el equilibrio, tal como él pretendía, en modo alguno puede ser considerado más culpable que aquellos que lo han trastocado. Ante semejantes razones el tribunal se dividió: unos lo dieron por loco, otros entendieron desacato; pese a ello, la sentencia fue unánime.
El quince de enero de 1814, Enfield Stockwell Lambeth fue condenado a la horca. Dos días después, siguiendo la costumbre británica, su cuerpo fue enterrado en un cruce de caminos, en el mismo paraje donde hoy florece el Jardín Botánico. Su vida y sus motivaciones reposan con él, son un enigma, un lamentable enigma.
-1- En descargo del descolorido pueblo británico, cabe señalar que la Francia del autor del artículo, un siglo después, no mostraba mejor talante; en descargo de todos, tampoco hoy las cosas parecen haber cambiado en exceso.
-2-El lector que haya descifrado el prólogo a este capítulo, recordará que traducimos del francés: los paréntesis, pues, son originales, y también sus contenidos: nos hemos limitado a verterlos al castellano literalmente, o casi. Bookworm, por ejemplo, significa, sí, «polilla de los libros», y también «ratón de biblioteca» (entiéndase referido al erudito escudriñador de volúmenes, no a una variedad endémica de roedor); lo de «apocalipsis literario», incluso en sentido lato y figurado, nos parece un tanto excesivo, diríamos hasta gratuito si no fuera porque pensamos improbable el vocablo cuyo significado original permanece indemne tras tanto traducir sobre lo ya traducido, como es el caso.
-3- la ley de la Diligencia
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