LLARA: 

LA MALDICIÓN DE LAS ÁGUILAS

(Javier Pérez)

 

 

Llara. La maldición de las águilas

 


 

         

Cuando aúllan los lobos, una fibra más antigua que la razón se estremece en cada ser humano. Muchos, la mayoría, sienten un escalofrío y buscan el abrigo de la roca, de la manta conocida, de las llamas de la hoguera que  obliga a la oscuridad a retirarse unos pasos. Para estos es la hora del silencio, de esperar la madrugada rogando porque la fiera pase también hoy de largo.

     Pero hay otros, unos pocos, que cuando aúllan los lobos se levantan y responden. Y sin volverse velludos, sin que les crezcan los dientes como afirma la leyenda, pertenecen a la estirpe de los que huelen la sangre.

    Nadie sabe cómo se llega a ser de una clase o de la otra. No hay herencias, ni enseñanzas, ni madres que transmitan a sus hijas el secreto, ni padres que lo enseñen a sus primogénitos en el claro de un bosque.

    Nadie sabe qué bisagra los divide, y sólo hay un modo de distinguirlos: cuando aúllan los lobos, unos tiemblan y otros ríen.

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   Monasterio de Santa Leocadia de Castañeda, 20 de febrero de 1711

 

 

    .... acabo pensando que callar ya callan de sobra los muertos. Y tú, en el monasterio de Nogales, estás lo bastante lejos y al tiempo lo bastante cerca. Y por eso te lo cuento, aunque me haya de pesar.

    Los pueblos perdidos reciben tal nombre no por haberse extraviado en los mapas, sino porque no hay forma de hacer cosa buena de ellos, ni de sus habitantes ni de sus haciendas.

    Hay pueblos que se pierden en rencillas con otros desastres aledaños, debatiendo la propiedad de este charco o aquel roble; otros se extravían en guerras juramentadas contra cualquier cambio, y el párroco acaba enterrando a los últimos habitantes porque nadie más tiene resuello para empuñar la pala, y algunos más, todavía, son como ermitaños sin fe, que se encajonan entre rocas y peñascos para no saber del mundo pero les sucede siempre al revés, pues es el mundo el que acaba no queriendo saber de ellos.

    Los hay, en cambio, que desaparecen de la memoria por la natural tendencia humana a borrar las huellas de la desgracia y se convierten en fantasmas arruinados en el fondo de algún valle, sólo útiles ya como inspiración de predicadores mendicantes y poetas, tan dados a musgo y zarzas, tan aficionados los unos como los otros a seguirle el rastro a la muerte.

    Pero este pueblo del que te hablo se perdió por otras causas, y disolvió sus raíces y sus cimientos con celo tan implacable que todavía se discute si se asentó en las mismas tierras que hoy ocupa Carucedo, o si estaba unos kilómetros más al norte, o al sureste. Preguntando a las gentes de esos pueblos me han señalado hasta cinco parajes diferentes, y tampoco saqué gran cosa en claro sobre la época en que ocurrieron los sucesos: unos dicen que el pueblo despareció hace quinientos años, y que el propio San Genadio asistió a aquellos sucesos; otros afirman que el asunto no llegó a tanto y que el santuario que se levantó fue la mucho más modesta ermita de Santiago, lo que retrasa los hechos un siglo, como poco; algunos, por último, creen que los sucesos tuvieron lugar en los años inmediatamente anteriores a la llegada de los mahometanos, y que fue el desastre del reino godo lo que en realidad despobló aquellos campos.

    Lo cierto es que hasta el nombre del lugar se descarrió por los vericuetos del tiempo, dando pie a la más cómoda y aceptada de las tesis: que jamás existió tal pueblo. Pero poco importa eso ahora, si de lo que se trata no es de debatir sobre el pueblo, sino de contar una historia que yo tengo por verdadera, aunque me manden callarla. ¿Y por qué ese mandato de silencio? No lo sé. Cosas más fieras hemos escuchado todos y se han levantado ermitas en torno de esos prodigios. Quizás en esto manden callar porque no hay santo al que atribuir el milagro, ni modo de allegarlo, ni esperanza de acabar con el tufo de azufre que algunos olfatean en torno al suceso. Yo no veo ningún demonio; sólo un aviso. ¿Pero quién soy yo, pobre de mí?

    Nadie sabe a ciencia cierta cómo empezaron los hechos, pero acaso sea más creíble que otras la versión que cuenta que un domingo de marzo apareció Beliano en la iglesia,  y apareció dando grandes voces, para avisar al pueblo todo de que se había nublado el lago. Beliano era un pobre desgraciado tenido por el más cerril y escaso de luces del lugar, y su intempestiva entrada en el templo fue recompensada con los consabidos pescozones.

    “Que sí, que es verdad!, ¡que se ha nublado la laguna”, se atrevió a gritar de nuevo.

    “¡Echad de aquí a ese majadero!”, bramó el párroco en perfecta lengua vernácula antes de volver la espalda para seguir con los oficios en latín. Como si Nuestro Señor hubiera sido alguna vez romano.

    Samuel y Tomé, que oían misa junto a la pila bautismal, se encargaron de sacar hasta el portal al cuitado, y ya en la calle vieron que el cielo parecía recién hecho de tan limpio como estaba.

    “¡Tú sí que te nublas, animal! “, le regañó Tomé, que por ser pariente de Beliano se sentía un tanto responsable de vigilar sus estropicios.

    “¡Que sí, que está la laguna llena de nubes!, ¡que las he visto yo!”, insistió el pobre hombre.

    “Pero,  a ver...”, quiso empezar Samuel.

    “¡Eso mismo! Venid a verlo.

    Los dos hombres se miraron, temiendo cada uno la reacción del otro si aceptaba: al fin, la curiosidad pudo menos que el temor a verse burlado por aquel idiota y las averiguaciones sólo siguieron adelante por el camino de las palabras.

    “¿Cómo es eso de que la laguna está llena de nubes?”, preguntó Samuel en tono conciliador.

    “Pues lo que digo y nada más: nublado como si el cielo estuviera de tormenta, como si fuera a llover a cántaros”, respondió Beliano.

    “¿Pero no ves que no hay un mal vellón en el cielo?”, insistió Samuel.

    “¡Pues por eso vine corriendo, carajo, porque no hay una nube en el cielo y hay a montones en la laguna!, ¿por qué habría de venir si la laguna reflejase las nubes que hay? Vengo porque refleja las que no hay”, replicó Beliano, con el poco amor propio que el trato de sus vecinos le había dejado.

    Los dos campesinos, poco aficionados a fantasías de esa clase, despacharon al cuitado con un par de empellones y volvieron a la iglesia. Si en vez de nubes hubiera visto a la Virgen, o el rostro de un ahogado, tal vez le hubieran acompañado, porque esas eran cosas creíbles, que a veces suceden y que nadie pone en duda, por lo menos en voz alta. ¿Pero nubes?, imposible: cosas de bobos.

    Todo el mundo comentó el suceso a la salida de misa, pero la laguna estaba lejos y no hubo quien se molestara, siquiera en secreto, en atestiguar con sus propios ojos que Beliano no decía más que tonterías; se habló mucho, eso sí, de que el pobre Beliano desbarraba cada vez más, y de que ya estaba bien de aquellas salidas de pata de banco, no fuera que cualquier noche le diese por salir gritando fuego sin haberlo; porque si hacía tal cosa lo iban a moler a palos, aunque no era malo el chaval, sobre todo no teniendo padre que lo enderezara, porque su madre, la pobre, bastante tenía ya para ella con atenderlo y atenderse ella, que otras con menos cuitas iban por la vida más dobladas y se quejaban más y... bueno: se dijeron todas esas cosas que en cualquier época se han dicho a la salida de misa, esas pequeñas y grandes simplezas de las que, por fortuna, no hay quien levante constancia. Benditos sean los cronistas por no estar en todas partes.

    Cuando alguien cuenta esta clase de historias al fulgor de la lumbre, lo normal es decir que tres días más tarde volvió a ocurrir lo mismo, y algunas versiones recalan en ese vicio, pero los que más crédito me merecen dicen que no, que no volvió a pasar nada hasta que el cura, con unas cuantas canas más, se encontró  el día de san Antolín con que la parroquia entera se le alborotaba a medio sermón porque alguien había entrado diciendo, más quedamente que otrora lo hiciera Beliano, que la laguna estaba nublada. Enojado, el sacerdote no pudo menos que llamar la atención a Santiago, portador de tan singular nueva, y pedirle que subiera al púlpito.

    “Ya que te atreves a interrumpir lo sagrado, sube aquí y di para todos los que tengas que decir”.

    El pastor, que nunca se vio en aprieto semejante, rogó con todas sus fuerzas que antes lo partiera un rayo que encontrarse en otra igual, retorció la boina en sus manos y en cuatro trancos se plantó junto al altar.

    “Pues que estaba yo con el ganado...”, quiso empezar.

    “¡Hoy es fiesta! ¿cómo te atreves?”, lo interrumpió el párroco, cumpliendo con su deber de reprender a quienes no guardaban las fiestas de precepto.

    “Sí, pero las ovejas también comen los días de fiesta”, respondió Santiago,  y el cura se dio por vencido esa vez. No lo juzguemos.

    “Cuenta lo que tengas que contar”, le mandó el sacerdote.

    “Pues que andaba yo por el monte con las ovejas y me acerqué al lago para que bebieran,  y cuando miro para el agua  estaba toda llena de nubes, de esas sueltas, de cuando no está para llover.”

    El escándalo que siguió a sus palabras pareció más de plaza de mercado que de Templo Divino.

    “¡Os recuerdo que estáis en la casa de Dios!”, gritó el párroco, consiguiendo que se apaciguase un poco el ambiente.

    “Explícanoslo otra vez”, pidió uno.

    “No hay nada que explicar: que llevé las ovejas a abrevar y la laguna estaba llena de nubes. No hay más”, se cerró el pastor.

    “¡Pero si hace un calor que no hay quien pare!”, terció el cura.

    “Pues por eso vine corriendo. Si no, buena gana...”, dijo Santiago.

    A Tomé y Samuel, uno con más canas y otro con menos pelo, aquellas palabras les recordaron otras y con sólo mirarse supieron que los dos se arrepentían de no haber ido aquel día con Beliano a ver la laguna. Pero a Beliano hacía años que no lo dejaban salir de casa y nadie tendría que pasar por la vergüenza de darle la razón. Si alguien más se acordó de él tuvo buen cuidado de callarse.

    “Vamos a verlo”, dijo el alcalde, o corregidor, o primero entre los hombres libres, porque no situando la época no puede decirse con qué titulo mandaba el que hizo la propuesta. Quizás fuera incluso el señor del lugar, si alguno había con semejante alcurnia.

    Ya se estaban poniendo todos en marcha cuando el cura, poco conforme con dejar la misa a medias, echó mano de su más atronadora voz para detener aquella fuga en masa de sus feligreses.

    “¡Un momento! ¡La laguna no va a escaparse como si fuera un bandido, así que esperad a que acabe la misa y luego vamos todos!”, exigió.

    A regañadientes, los vecinos ocuparon de nuevo sus lugares y esperaron a que el sacerdote, escueto como nunca, acabase de celebrar los Sagrados Oficios. Y hasta esperaron luego a que saliera de la sacristía para emprender todos juntos el nada breve trayecto hasta la orilla de aquel lago a la que los lugareños llaman mar del Bierzo, por no conocer ni imaginar aguas más grandes. Otros dicen que era un lago más pequeño, que llaman ahora el Somido, y en esa idea estoy yo también, por lo que más adelante leerás.

    Ni aún a fuerza de sol, tábanos y polvo se hizo largo el camino aquella mañana. El primero de todos, respondiendo de sus palabras, iba Santiago el pastor, con su largo cayado de abedul.

     Los prodigios, como las desgracias, tienen la rara virtud de unir a los desavenidos, y hasta los que llevaban lustros sin dirigirse la palabra por sabe Dios qué lindes perdidos, comentaban animadamente lo imposible del suceso.

    Pero imposibles o no, allí estaban las nubes, reflejadas, o más bien dibujadas sobre el brillo de las aguas cuando el grupo principal llegó a la orilla.

    Sobra decir que todo fueron muestras de asombro y hacerse cruces, y que muchos centenares de piedras se fueron a la laguna tratando, infructuosamente, de llevarse al fondo aquellas inauditas nubes, tan inmunes a las pedradas como las nubes del cielo. El caso es que pasó el tiempo y visto que no había forma de vencer aquel misterio comenzaron todos a volver sobre sus muchos y polvorientos pasos, porque no pareció discreto esperar allí a que escampara el agua.

    No tardaron algunos arrieros en enterarse de la noticia, y como no perdieron un instante en propagar la nueva por los alrededores, pronto estuvieron al corriente en todos los pueblos vecinos, y aún más lejos. En pocas semanas, y a pesar de la inseguridad de los caminos y de lo penoso del viaje, el pueblo se llenó de forasteros venidos de todas partes para contemplar el maravilloso suceso, y hasta se presentaron el obispo y varios nobles, por ver si aquello afectaba en algo a sus respectivas dignidades. Pero el hecho es que ni vieron suceso alguno ni se fueron muy convencidos de que allí hubiese cosa reseñable distinta del mucho descaro de unos campesinos con alguna intención torcida.

    Otros, en cambio, gozaron mejor suerte y vieron aguas despejadas alumbrando el aire en medio de un fuerte aguacero, e incluso pájaros inexistentes planeando sobre el caprichoso espejo de la laguna. Y así, poco a poco, con el paso de los meses, el fenómeno se fue haciendo más frecuente.

    Pero el colmo del asombro estaba aún por llegar. Fue un día de agosto, poco menos de un año después de que el pastor irrumpiera en la iglesia con la noticia, cuando en plena tarde, la laguna se transformó por primera vez ante las atónitas narices de los mirones en una noche estrellada, límpida y clara como un cielo de invierno.

    Nadie reconoció aquel firmamento ni le supo poner nombre a aquellos astros tan poco parecidos a los que tantas veces habían contemplado sobre sus cabezas. El portento tuvo a bien prolongarse durante cuatro días, tiempo suficiente para que un extraño personaje que acababa de llegar al pueblo afirmase que aquellas eran las estrellas del otro lado del orbe. Pocos minutos después de hallada la respuesta, las nubes, las verdaderas nubes, recuperaron el espejo que de suyo les pertenecía, y el extraño personaje tuvo que abandonar el pueblo a toda prisa para evitar que las acusaciones de brujería que empezó a escuchar se materializaran en consecuencias más graves que gente santiguándose a su alrededor.

    Después de aquello no hubo más prodigios, al menos en diez días.

    En ese tiempo se reunieron comisiones en muy diversos lugares, y juntas, y concejos, y asambleas y agrupaciones, y poridades gremiales, y toda cuanta forma existiera de conjuntos de personas dispuestas a hablar muy fuerte y con pretensión de ver sus palabras convertidas en actos.  Y de ese modo se tornaron los portentos en ofensas a la razón, y las maravillas en transgresiones: no se podía tolerar que una simple masa de agua echara por tierra las leyes inmutables del cosmos. Aquello era una blasfemia contra las normas que el Creador impuso a la materia, tanto viva como inerte, un verdadero brindis al maligno, pues nada santo ni ejemplificante, siquiera mínimamente, mostraba aquel perverso lago a los curiosos, invitándoles a la superstición, induciéndoles a creer que Dios  es prescindible y lo son Sus santas y secretas intenciones a la hora de verificar milagros. Aquello era también una incitación a la rebeldía, una sedición, un insulto a la autoridad: si una laguna refleja lo que quiere, ¿qué no harán los hombres con lo que se les mande?, ¿qué impotencia no verían las gentes en unos gobernantes incapaces de atajar tamaña desobediencia?

    También los lugareños, cansados de forasteros curiosos que pisaban sus sembrados, decidieron que algo había que hacer para poner fin a aquel desmán.

    En esas y otras querellas se hallaban todos cuando a la laguna le dio un día por no amanecer, por conservar en su lisa superficie las estrellas de la noche por más que el sol brillara pujante, y hasta molesto. Esa vez no hubo quién identificara los astros ni quién supiera reconocer ni una sola de las constelaciones inéditas que aparecían dibujadas sobre el agua.

    “Debe ser el cielo del otro mundo”, dijo un teólogo de León que llevaba casi un mes viviendo en el pueblo a la espera de ver con sus propios ojos lo que de otro modo no podría creer.

    El teólogo pronunció la frase con admiración, casi como encomio, pero los que oyeron sus palabras lo interpretaron de otro modo, y el rumor de que la laguna reflejaba el cielo del País de los Difuntos corrió por la comarca tan aprisa como el miedo que tal idea inspiraba. De ahí a empezar a arrojar basura al lago, tratando de cegarlo, o al menos de velar sus superficie, sólo mediaba un paso.

    No tardaron en flotar sobre las aguas cuantos objetos inservibles se amontonaban en los pajares, las cuadras y hasta en las trojes, de modo que en medio de los montes leoneses surgió de pronto el escenario de un descomunal naufragio, un verdadero cataclismo naval tan imposible de explicar para el que no conociera su verdadero origen como los propios desmanes de la laguna.

    Pero las desobediencias del agua, o sus herejías, que de ambas maneras se llamaba a la escasa coincidencia entre realidad y reflejo, continuaron con igual o mayor frecuencia que antes y, a decir verdad, con mayor virulencia, pues ya no sólo se veían nubes los días despejados, o noches estrelladas a las tres de la tarde, sino también algún monte inexistente, cubierto de vegetación, el humo de alguna hoguera y demás abundancia de detalles.

    Una tarde, mientras se concluían los preparativos para el exorcismo que había ordenado el obispo, aparecieron sobre la laguna cinco lunas, todas en cuarto menguante y todas rojas como presagios de desgracia.

    El ritual del exorcismo se verificó de todos modos, pero aquello colmó la paciencia de los lugareños, que decidieron desecar la Laguna del Demonio, y se afanaron en ello como nunca lo habían hecho en los campos, abriendo canales y regatos, hasta sangrar dos terceras partes de aquel agua irreverente. Por eso pienso yo que era el lago al que llaman Somido, y no el otro, más grande. Luego, satisfechos, regresaron a sus labores cotidianas y en ellas trajinaron los dos años que tardaron en conocerse las nuevas vilezas del menguado espejo en que habían convertido el lago.

    A partir de aquí, poco se sabe, y los rumores que han quedado son todavía más difusos que la historia precedente. En este monasterio donde vivo y hago penitencia, apareció la copia de una carta en la que un fraile explica que las tierras de sus padres se fueron despoblando lentamente porque los alrededores del lago, junto a Carucedo, espantaban a la gente. Decía el fraile también, del que sólo sé que se llamaba Gundemaro, que la laguna ya no pintaba nubes en los días de solana ni se oscurecía en pleno día, pero que él mismo se había acercado lo suficiente para ver su propio reflejo y a nadie contaría en su vida lo que había visto. Y como él, otros muchos. Dice también que fue corriendo de boca en boca la noticia y que todos cuantos se asomaron al espejo del agua murieron pronto, o enloquecieron, o se marcharon a toda prisa dejando atrás sus haciendas.

    Y así fueron emigrando todos poco a poco, solicitando amparo a otros señores o a otros abades, buscando sustento en cualquier lugar.  Sólo quedaron los viejos, los que no podían ir a ninguna parte, y aún de esos se fueron muchos a buscar honrada sepultura en otro lado.

    Por causa del abandono se cegaron los canales y en poco tiempo las lluvias devolvieron al lago parte de su antiguo volumen. Y volvieron también las nubes en los días despejados, y las noches estrelladas a la hora de la siesta, pero nunca regresaron los tozudos campesinos que porfiaron el fenómeno.

    Acaba el fraile su carta diciendo que sólo un pobre menguado de mente siguió yendo hasta la orilla, y que allí pasó lo que dios le dejó de vida, aparejando caña y cordel para pescar en la laguna, sin espantarse de lo que los demás veían en el reflejo. El fraile no menciona su nombre, pero seguramente era Beliano, el primero que avisó al pueblo de que se había nublado el agua.

    En los márgenes de la copia, escritos con letra menuda, se encuentran los comentarios de otros frailes posteriores. No sabemos hasta qué punto tuvieron noticias más cercanas de las que nosotros disfrutamos, pero uno de ellos dice que sin duda los campesinos veían el infierno, porque a tal visión apuntan todos los testimonios.

    Otro, que por los trazos de la caligrafía se adivina subsiguiente, postula que no era el infierno, sino el Apocalipsis de San Juan lo que los campesinos veían al asomarse al lago, y que tal era el espanto que ponía en sus pechos la visión de aquella última hora del mundo, que no pudieron soportarlo.

    En el último comentario, ya cercano a nuestros días, el monje que inscribe la anotación se pregunta si aquellos pobres campesinos no estarían viendo el futuro y lo que tanto les horrorizaba era vernos a nosotros. Aquejado de lo que acaso parezca un exceso de cinismo para un hombre de religión, el comentarista concluye que sólo eso explicaría que el pobre Beliano hubiera seguido pescando en el lago, porque únicamente los tontos no se espantan del Infierno, del Fin del Mundo, ni de la visión de otros idiotas.

    Quién sabe. Yo sólo quiero contarte que he ido muchas veces al lago sin ver nada extraordinario. Hasta ayer mismo, que vi volar sobre el agua docenas de grandes águilas sin que hubiese una sola en el cielo.

    Eso vi y muchas cosas más que no te cuento, por no comprometerte.

    Quizás debería guardar silencio y así lo haré con mi abad y mis hermanos, pero tenía la necesidad de sacar este peso del pecho, y por eso me dirijo a ti, rogándote tu consejo.

    ¿Es de Dios eso que vemos o es Satanás el que nos nubla la vista con imágenes que no existen para llenarnos de dudas? Bien me duele decirlo, pero fue el Maligno el que hizo ver a Nuestro Señor ciudades y palacios cuando lo tentó mientras estaba en el desierto. Y si es el demonio, quizás haga aún peor contándolo, pero tengo por seguro que tú fe y tu entendimiento me servirán de consuelo para este silencio impuesto a un pobre pecador que no sabe si callar, hiriendo la verdad, o contar lo que ha visto, hiriendo el sosiego de sus hermanos.

    Perdóname por ponerte de término medio, y perdóname por suponer que aprecias más el conocimiento que la paz, cuando, como yo, te has retirado del mundo, con la renuncia que...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Año 54, cerca de Medul, Hispania

 

 

        

 

                                     I

 

 

    La muchacha vestida de blanco tiene nombre de princesa, ojos de tormenta y piel de melocotón. Debería sentirse asustada caminando sola en medio del bosque nevado, pero el miedo huye del odio como el lobo huye del oso, y lleva tanto odio consigo que no siente ningún temor.

    Hace horas que camina por el  bosque, un bosque de robles inmensos cuajados de nieve que apenas dejan filtrarse la luz del sol. Falta poco para que oscurezca y poco también para que el bosque concluya en una ladera pedregosa. Y entonces será peor, mucho peor, pero de momento la muchacha avanza sin mirar atrás, descartando de su mente las historias que ha escuchado desde niña sobre los seres monstruosos, los espíritus del bosque, las fieras y los abismos.

    Los árboles la inquietan en la misma medida que la resguardan. De vez en cuando la muchacha acaricia el puñal que lleva consigo, y el tacto suave y frío del metal la ayuda a tranquilizarse. Cualquiera que intente atacarla, hombre o fiera, aprenderá enseguida que una muchacha sola no es un ser completamente indefenso.

    La túnica le entorpece el paso, pero hace demasiado frío para despojarse de ella y no buscó nada mejor que ponerse antes de salir a toda prisa. Debería haber buscado algo de más abrigo, como su viejo sago de lana, pero sólo se envolvió en aquella larga túnica blanca que colocó sobre sus ropas para confundirse con la nieve, pensando, queriendo pensar, que alguien saldría a buscarla. No se había dado cuenta antes, pero ahora la muchacha se burla de sí misma  y de la contradicción que esa túnica blanca supone: la eligió porque el color la confundiría con la nieve y la eligió también, a pesar del frío, porque creía que saldrían a buscarla y no necesitaría un mantón más grueso. ¿Qué era lo que realmente deseaba?, ¿que la encontraran o que no? No lo sabía.

    Ahora tampoco lo sabe, pero ella misma se reprocha no haber reunido más provisiones que un trozo de queso. ¿Qué clase de huida planeó sin ropa ni comida para el camino? Ninguna. No planeó nada. Dos personas distintas se enfrentaron dentro de ella en unos pocos instantes y le dio una oportunidad a cada facción: la huida y la túnica blanca para la que quería escapar de aquella vida. La falta de ropa y de provisiones para la que deseaba que saliesen a buscarla y la llevasen de regreso al campamento.

    No había previsto nada. Sólo el calzado es bueno para el invierno, pero ni siquiera es el apropiado para caminar por la nieve. Por eso tiene los pies mojados y entumecidos de frío, y cada vez que da un paso siente como si algo se le clavara en la carne.

    Pero el mayor problema no son los pies: está helada y hambrienta, y sólo la voluntad la mantiene en movimiento. Los pies son lo de menos. Lo peor es el otro dolor. Y la confusión de zarzas que siente todavía en el pecho y en la mente.

    Antes de internarse en  el bosque miraba cada poco a su espalda en busca de un jinete que hubiese salido tras ella, pero pronto descubrió que hay algo peor que ser perseguido: que no le importes a nadie y ni siquiera te busquen. No hubo jinetes, ni gritos repitiendo su nombre. Sólo silencio y algunos copos de nieve cubriendo sus huellas.

    Ya no es momento de pensarlo. Sólo es momento de caminar, de seguir adelante. Medul y sus minas quedan cada vez más lejos. El sol termina de ocultar su coronilla tras los montes de occidente y la oscuridad se amalgama  con el brillo de la nieve en una especie de niebla que no quiere apartarse de delante de sus ojos, aunque ella a veces trate de espantarla a manotazos, como si fuese un enjambre de moscas. La oscuridad en medio de la nieve no llega nunca a negrura. Es una sustancia fría y húmeda que se mete por los ojos, la nariz y los oídos, y oprime el corazón cuando se solidifica en la sangre.

    La muchacha tropieza con una rama oculta por la nieve y cae al suelo. No se ha hecho daño, pero las lágrimas acuden de todos modos a sus ojos. Son lágrimas de rabia y de miedo a la vez.

    Estaba segura de que Inco mandaría a buscarla. Había pensado y repetido mil veces lo que le diría cuando la llevaran de nuevo ante él, a la fuerza, atada como una presa de caza sobre el lomo de una mula. Había pensado una a una las  injurias que espetaría en su rostro, y las maldiciones que lanzaría contra él, sus descendientes y sus antepasados, pero no apareció nadie en el horizonte y después del bosque y de que la nieve cubriera sus pasos ya no podrían encontrarla aunque quisieran.

    Seguramente Inco habría pensado que, tras la rabieta, se había refugiado en la choza de alguna viuda, como otras veces, o había ido a al antiguo castro a dormir en casa de algún anciano. Por eso no han salido a buscarla. O porque no saldrían nunca. O quizás sea solamente porque Inco ni siquiera la haya echado aún en falta ni se vaya a dar cuenta de su marcha hasta dentro de tres o cuatro días.

    Queda aún una hora para que sea noche cerrada. El viento ha empujado las nubes y en el cielo comienzan a brillar algunas estrellas. Pronto saldrá la luna, casi llena, y la oscuridad no llegará a ser completa. Si consigue salir del bosque, aún podrá avanzar un poco más, antes de buscar algún lugar resguardado donde pasar la noche. Avanzar, ¿pero hacia dónde? No lo sabe. Hace tiempo ya que se ha perdido, y sólo espera llegar a un lugar donde pueda comer algo. ¿Pero en qué dirección debe buscar? El invierno es malo hasta para las fieras, y ella no sabe cazar ni tiene la más remota idea de cómo conseguir comida. Tiene que encontrar a alguien o intentar volver.

    Lo primero es encontrar un tronco hueco o cualquier otro resguardo para pasar la noche y luego, de día, buscará cualquier choza, cualquier pequeño castro, cualquier majada de pastores. Buscará cualquier camino por donde pueda transitar un ser humano y después, poco a poco, seguirá hacia el Este, donde vivía la familia de su madre. Pero no va a volver. Nunca pasará por esa vergüenza.

    Y si todo sale mal, la otra opción es morir, porque la muerte no se le antoja una mala salida a pesar de su corta edad.

    Llara tiene dieciséis años, ojos de tormenta y piel de melocotón. Ha huido de Medul, de las minas romanas de oro. Allí era casi la reina, desde que compartía la mesa y el  lecho de Publio Gaius Inco, el procurator metallorum.

    Inco es el representante directo de Roma en las minas, y gobierna a su antojo la región entera, haciendo valer la fuerza de sus soldados y el brillo del oro que arranca a las montañas. Esa es, según él, su mejor virtud: saber ver lo oculto donde los demás sólo ven la superficie. Por eso había elegido un nuevo modo de extraer el oro y por eso la había elegido a ella, cuando sólo tenía trece años.

    Del primer encuentro, Llara sólo conserva un recuerdo vago. Inco requirió su presencia y su padre no se negó. Sabe que una mujer fue un día a ver a su padre y que hablaron largo tiempo. Mencionaron alguna vez su nombre, pero no pudo saber lo que hablaron hasta unos días después, cuando le lavaron el pelo, le trenzaron la melena y la llevaron ante Inco. Ni siquiera ella podría decir a ciencia cierta si fue vendida o se entregó de buen grado, porque Inco la cortejó como si ella pudiese decidir aceptarlo o no, y antes de llevarla a su casa le preguntó si deseaba acompañarle o prefería ir a vivir con las criadas. Inco no la obligó a nada.

    Pero Llara no quería ser criada ni que la tratasen como tal.

    Llara aceptó, y desde aquel día fue su amante. Durante tres años. Durante tres maravillosos años en los que él la llevó a todas partes consigo, incluso a Astúrica y a Bergidium, y mandó que labrasen para ella fíbulas de oro con las que adornar sus cabellos. La vistió como a una mujer romana y la hizo sentirse una mujer romana. A ella le gustaba que la considerasen distinta, y que la saludasen las demás mujeres, y que algunos soldados de la guarnición reservasen para ella las plumas más hermosas de los urogallos que cazaban. Le gustaban las telas que le mostraban, y sentarse junto a él mirando el fuego, y escuchar las historias de otras tierras que Inco le contaba: Helvecia, Dacia, la Galia. Todos aquellos lugares que Inco había visto se fueron convirtiendo en paisajes de leyenda en su cabeza y acrecentaron el horizonte de su mente al tiempo que su cuerpo terminaba de moldearse.

    Inco la llamaba “mi niña” y la cubría de caricias, como si además de ser su amante fuese también su hija, o una sobrina muy querida. Incluso le nombró un preceptor griego  que la enseñó a leer, y a tocar la cítara, y a cantar de un modo distinto de como cantaban las otras. Inco no le pedía nada: sólo que fuese cariñosa con él y que se mantuviera hermosa. Sólo que le escuchara, y que le diese un consejo de vez en cuando aunque luego él no le hiciera caso, y que sonriese a sus amigos, y que se quedase durmiendo en su lecho, esperándole, cuando a él alguna vez le llamaban en medio de la noche por algún tema importante, como el fuego de la mina, o la rotura de un dique.

    Inco nunca le pedía nada, salvo que le acariciase la espalda y fuese complaciente con sus besos, pero aquello tampoco era un esfuerzo para Llara, que lo amaba de todo corazón y lo hacía de buen grado.

    Todo fue bien durante aquellos tres años, pero a Medul llegaba mucha gente procedente de todos los rincones del imperio, y un día llegó un griego acompañado de una mujer alta y de cabellos amarillos como el oro que extraían de las montañas. Unos decían que era una esclava traída de Germania y otros que una mujer libre, venida de Grecia o de Sarmacia, pero a Llara no le importó: sólo supo que desde que ella llegó a Medul, Inco no dejó de intentar acercarse a ella y que luego, muy pronto, empezó a dormir sola una noche tras otra. Llara le preguntó si sucedía algo, pero Inco se limitó a acariciarle el pelo y responderle que no, que todo iba bien.

    Pero no volvió a visitarla, ni le permitió acercarse, ni le reservó un lugar junto a él en el triclinio. Y aquella tarde, cuando Inco le ofreció su copa a la extranjera y ella apuró el vino, Llara no pudo soportarlo más, y lo maldijo delante de todos. Quizás fue culpa del vino, pero Llara se vio a sí misma marchita y derrotada. Se vio en otro cuerpo y otros ojos, pero llorando. Se vio vendida como esclava y no pudo reprimirse. Cuando se levantó de su asiento para increparle no era ella la que se levantaba, ni ella la que gritaba maldiciones. Fue un impulso salvaje, algo que le dijo que se rebelara y luchase mientras pudiera.

    En su furor, le dijo cosas espantosas, pero en lugar de una bofetada, recibió las risas de Inco y de los demás comensales. Soportó las burlas de los militares y la sonrisa de la extranjera, que se atrevió a preguntarle si era la esposa legítima del Procurador.

    No era la esposa ni lo sería nunca, pero tampoco estaba dispuesta a ser convertida en concubina, aunque todos pensaran que ese era su papel. Licinio, el jefe de la guardia, le ofreció irse con él, y cuando ella imploró a Inco con la mirada que reprendiese al militar borracho por haberse atrevido a proponer tal cosa, sólo se encontró con que él se encogió de hombros y la invitó a hacer lo que quisiera.

     No lo pensó. No quiso pensarlo. No reflexionó sobre cual era su deber y cual su situación: sólo se envolvió en una túnica blanca para que no pudiesen encontrarla y se alejó del campamento pensando que no tardarían en seguirla para obligarla a regresar.

    Estaba decidida a ir a Bergidium, o a Calúbriga, aunque no sabía a qué distancia se hallaban aquellas ciudades, ni qué camino debía elegir. Estaba decidida a escapar a cualquier parte. O a ninguna. Sólo le importaba alejarse.

    Ahora ya es demasiado tarde para volver. Desde que cayó al suelo, ha tenido de tiempo de levantarse y de caer de nuevo otras dos veces. Ha oscurecido por completo y la luna afila los perfiles de las sombras conjurando formas extrañas y amenazantes.

    Lentamente, paso a paso, Llara sigue su avance, a veces a gatas, a veces arrastrándose. Lo que parecía un camino se ha ido estrechando y los arboles le cierran el paso, sembrando el suelo de ramas traicioneras que la hacen tropezar. Está cansada y hambrienta, pero la rabia la mantiene en movimiento. Tiene que seguir caminando hasta encontrar un lugar donde pesar la noche. Le servirá cualquier cosa: un abrigo entre dos rocas, un árbol hueco, un grupo de ramas bajas que la defiendan de la nieve. Luego, al amanecer, buscará una columna de humo que delate un fuego en cualquier parte.

    La luna alumbra lo bastante para permitirle avanzar, pero tiene que llegar a un claro del bosque o a un lugar elevado para buscar ese humo cuando amanezca y no seguir caminando sin rumbo. ¿A qué distancia estará el primer lugar habitado?, ¿por qué no cogió comida para dos o tres días al menos?, ¿por qué no se llevó otra ropa en lugar de aquella estúpida túnica blanca?, ¿por qué no reunió todas sus joyas para poder venderlas en lugar de escapar solamente con el torques y los brazaletes?

    Llara se repite una a una las preguntas, y entre todas, hay una que le hace más daño que el resto: ¿por qué no han salido a buscarla? ¿Es así como termina una historia de cariño y confianza de tres años?, ¿así es como termina todo, después de compartir tanto tiempo, casi  media vida, cuerpo y alma con otra persona?

    ¿Por qué no ha ido nadie a buscarla?

    Llara camina y llora, intentando a la vez recordar cada detalle y olvidar. La nieve es más profunda en esa parte del bosque y atenaza sus pasos. Ya no sabe si camina en círculos o se dirige a alguna parte.

    Después de otra caída, una más, se apoya contra el tronco de un árbol y decide descansar un poco. Sabe que no puede quedarse dormida o posiblemente no despertará nunca. Intenta ponerse en pie, pero sus piernas se niegan a levantarla. La tristeza ha mitigado en parte la rabia y quizás por eso le faltan ya fuerzas para seguir avanzando

    Abrazada al árbol, maldice a Roma, a la hora en que amó a un romano, y al débil corazón de todos los hombres. Por un instante piensa en volver sobre sus pasos y regresar a Medul. Ese camino quizás sí sería capaz de encontrarlo. Quizás.

    Pero decide que no lo hará. No volverá nunca. Que se quede Inco con su extranjera de largas piernas y cabellos dorados. Que se quede con su vino, con sus fiestas, con el servilismo de sus trabajadores y las lisonjas de sus subordinados. Que se quede con sus máquinas, su canales, sus diques y sus túneles. Que se quede con su oro, los estandartes de Roma, su orgullo y las reverencias que él mismo realiza cuando llega un superior del Imperio a pedirle cuentas. Porque Inco, al fin y al cabo, también es un siervo. Inco también es un esclavo. Inco también es un prisionero. Eso es el imperio: una enorme prisión donde unos son carceleros de otros y todos se creen hombres libres.

    Libre es ella, en el monte, entre la arboleda sin final, en un mar frío y blanco que amenaza con devorarla. Se dormirá, ¿por qué no? Allí mismo, junto al  más grueso de las robles, y si Cosus y Navia quieren que despierte verá un nuevo día en el mundo de los vivos. Y si no, seguirá su camino en el país de los muertos hasta encontrar un día a Inco. Porque entre los vivos o entre los muertos lo encontrará de nuevo. De eso está segura. Ya casi se ve entre ellos, caminando por un sendero de nieve, entre árboles de otra clase que nunca había visto antes. No conoce a la mayoría, pero algunos le sonríen. La visión debería aterrorizarla, pero se siente tranquila y hasta se alegra de poder unirse a ellos, en la larga fila.

    —Calúbriga... —murmuró.

    Llara se limpia las  lágrimas del rostro, y aferrada a su orgullo se deja caer sobre la nieve mientras en el cielo, una a una, van imponiéndose las estrellas como hogueras de lejanos campamentos.

 

javier Pérez,

El autor en la Plaza del Grano, León.

 

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