Cumbres Borrascosas, Brañuelas, turismo rural, alquiler, Bierzo

             

Cuadernos para el desastre

 

I Concurso de relato breve

CUMBRES BORRASCOSAS

 

Resultado final.

 

Ganador:

 

El sueño de Penélope, 23 votos

Aboierta la plica correspondiente, esto nos dice el autor:

 

Me llamo Roger Ferrer Ventosa. Nací en Barcelona el 16 de agosto de 1976. Ahora mismo resido a caballo entre la misma Barcelona y Girona.

Durante años escribí casi de forma clandestina y mi formación fue autodidacta, hasta que gané seguridad en mí mismo y estudié en diversos talleres literarios, uno anual de novela (Aula de escritores), otro trimestral de cuento (escritores.org) y otro semestral de narrativa en general (Tsedi). Ahora estudio un curso anual en el Ateneo de Barcelona, el más prestigioso de la ciudad, becado al ganar su concurso.

He ganado el primer premio en el certamen Distrito V - Districte V, organizado por el Ateneo de Barcelona y el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (C.C.C.B.), así como el segundo premio en el XII concurso para escritores jóvenes de la Diputación de Burgos. He quedado finalista y mención especial en varios certámenes.

He publicado en cinco libros colectivos como premio por los concursos. El más importante el del Ateneo barcelonés y el Centro de Cultura Contemporánea publicado por la editorial Ellago. También he publicado en alguna revista como Escribir y publicar, así como en páginas web como ariadna-rc.com, palabrasdiversas.com o destiempos.com.

En mis narraciones abundan los viajes entre los diversos niveles de conciencia: de la vida cotidiana a los sueños o a estados alterados. Pretendo unir el conocimiento de los clásicos de la literatura al placer por la narración. Mi objetivo como narrador es conseguir densidad, pero presentarla de la forma más amena posible.

 

Y este es el relato:

 

El sueño de Penélope

 

Penélope llegó a casa a las siete y cuarto. El sol todavía no había salido, y tal vez no lo hiciera en toda la mañana. Colgó el chubasquero mojado que goteaba; debajo de él, se formaba un charquito.

—Tendría que secarlo —murmuró Penélope.

Pero estaba demasiado cansada; prefería hundirse en la cama y dormir. Con un suspiro, colocó las llaves en la mesita del recibidor. La jornada en el hospital había sido exigente, y volvía agotada. «Ojalá Luis no se haya ido todavía», pensó Penélope. Necesitaba que su marido fuera especialmente cariñoso con ella.

Lástima que, desde su reincorporación al hospital, Penélope nunca encontrara a Luis al volver a casa. Los dos horarios eran incompatibles: cuando Penélope regresaba, Luis ya se había ido al conservatorio; lo mismo ocurría al anochecer, cuando Penélope marchaba al hospital.  

Meses atrás, en cambio, Luis le hacía un pequeño masaje a la espalda, o tenía preparadas unas tostadas y los dos desayunaban juntos. Le preguntaba cómo le había ido la jornada, si hacía buen o mal tiempo. Luego él se iba a su trabajo y Penélope a dormir. Algunas mañanas, antes de que Luis se despidiera de ella, Penélope le agradecía el amor con que la recibía, su carácter alegre y generoso. Era imposible no valorar esos detalles, gracias a los cuales valía la pena vivir.    

Abrió la puerta con suavidad. Entró despacio, cuidadosa, a la habitación del matrimonio: «Luis», susurró; pero, como había temido, Luis ya no estaba. El dormitorio vacío, la cama demasiado grande.

La vida de Penélope había cambiado desde que cogió la baja por enfermedad. Hasta entonces, su vida había sido ideal: había conocido a Luis en la escuela secundaria, se habían enamorado, mantuvieron la relación a pesar de que cada uno estudiara una carrera diferente. Se habían casado diez años atrás y ni un solo desliz estropeaba su felicidad cotidiana hecha de pequeños momentos.

Luego, la maldita baja y los meses enferma; Penélope apenas recordaba más que imágenes sin sentido, deshilachadas, sus padres velando su sueño, palabras desagradables producto de las alucinaciones, una gran tristeza enquistada en el centro de su ser. La vida de Penélope durante aquellos meses fue confusa, y por consejo de sus padres había acudido al psicólogo, aunque, al principio, Penélope se había negado a ir.

Cuando le dieron el alta, Penélope esperó no haber perdido su vida pasada; por fin volverían los días de felicidad con Luis después de tanto sufrimiento. Sin embargo, la realidad fue diferente: ya nunca veía a Luis. Malditos horarios.

Con la luz apagada, Penélope dejó el bolso encima de los sobres. Los primeros días de su enfermedad había recibido muchas cartas; ahora recibía menos, pero todavía llegaba alguna. Eran cartas de muy mal gusto, no podía entender como en el mundo había gente con tan mala idea, que disfrutaba con bromas pesadas sobre lo que no se debía bromear.

Cuando viera a Luis le pediría que rompiera las cartas. A ella le daba una rara superstición romper todos aquellos pésames absurdos, pero Luis, con su buen humor habitual, seguro que se reiría.

¿Cómo existía gente que se atrevía a sugerir que Luis había muerto? ¡Era absurdo! A Penélope no le extrañaba que bromas de ese tipo casi la hubieran vuelto loca.  

Se dispuso a dormir. Su último pensamiento fue para su marido: esperaba que hubiese regresado cuando Penélope despertara.

 

 

 

Gracias a todos