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3 de mayo de 3081
Ya me falta menos para llegar al próxima sistema, que, por cierto, se llama Nemo en honor
a un héroe literario de la antigüedad
. Recibió este nombre a raíz de que todos los astrónomos
negaban su existencia hasta que Guldarial Bohadar demostró inapelablemente su realidad. Eligió
el nombre como ironía hacia sus colegas, pues Nemo significa "nadie" y así, según sus propias
palabras, seguiría sin existir.
La verdad es que ese grupo estelar no ha tenido muy buena suerte en la cosa de los
nombres. En alguna parte dentro de él existe un planeta que se llama Menos Mal, y otro con un
nombre igual de extraño pero mucho más feo.
La cuestión vino a raíz de que un explorador llamado Recaredo Silva estuvo perdido
durante mucho tiempo en el sistema a bordo de una nave anticuada, y averiada, además. Cuando
sólo quedaban reservas alimenticias para un par de días encontró un planeta con vida vegetal y
eso le permitió reponer sus reservas y salvar la vida; de ahí que le pusiera tan curioso nombre en
el idioma primitivo de su nación
.
Pero la historia no acaba ahí, pues sólo unas semanas después de abandonar Menos Mal,
la avería que arrastraba su nave le impidió vencer la gravedad de un gran planeta y acabó yendo
a parar irremediablemente contra su superficie, desde donde transmitió multitud de datos hasta
su muerte por inanición. Desde entonces, el planeta que atrapó a Silva se llama La Jodimos.
Una curiosa forma de venganza la de este explorador. Se hicieron muchos chistes en la
tierra sobre cómo se llamarían sus hipotéticos habitantes.
A veces me pregunto cómo le llamaría yo a un plantea que descubriera (y no fuera ya
conocido pero sin nombre, como el Azul de Altaír). Probablemente le llamaría Solitario, en
recuerdo del tiempo que he pasado recorriendo el espacio en soledad. Si descubriera una galaxia
entera le llamaría Hannah, que era el nombre de la mujer a la que amé antes de hacerme
explorador. No creo que pueda haber mejor regalo que poner cien billones de estrellas bajo el
manto de su nombre. Además, Hannah es un nombre que se lee igual de izquierda a derecha que
de derecha a izquierda, y eso es lo que me pasa con ella, que la veo siempre igual desde cualquier
ángulo que la miro.
Últimamente, la visión de millones de estrellas me relaja en vez de estresarme, como me
hacía antes. Quizás sea porque me estoy haciendo a la idea de no volver nunca a casa, o tal vez
se deba a que estoy empezando a padecer mi propia versión del síndrome de Estocolmo, pues al
fin y al cabo no soy más que un vulgar rehén del Universo. Puede ser que para hacer más
soportable la cautividad haya decidido hacerme amigo del secuestrador, comprender sus ideas y
apoyar sus razonamientos. Lo peor de esto es que no soy capaz de adivinar el rescate que el
Cosmos pide por mí
Ahora, cuando veo el exterior a través de los paneles de mi nave empiezo a sentirme en
casa y entiendo que todas esas estrellas son como las calles y las fachadas vecinas que ve desde
su domicilio cualquier habitante de la Tierra. Esos brillos son mis fachadas, esos planetas mis
vecinos, ese vacío la plaza en la que no me espera nadie, pero mi plaza al fin y al cabo, como
cuando me desvelaba y salía de noche, en mi zona residencial, a pasear por las calles desiertas.
Contraje en aquel tiempo la manía del noctambulismo precisamente por el disfrute de estar
solo, de no ver miríadas de otros seres humanos en cualquier logar al que dirigiera la vista. Luego,
en el espacio, donde la noche es constante, he llegado a creerme la ilusión de que seguía
caminando por aquellas cuadrículas desiertas, sólo que aquí el silencio es más hondo, más
profundamente inicial, sin el vago rumor que ocupaba las noches de la Tierra, con sus poco pero
omnipresentes vehículos desplazándose de un lado a otro, sin sus pocos pero omnipresentes
chirridos procedentes de alguna industria, de al algún reajuste de los materiales de construcción.
Aquí todo está hecho de gas, polvo y fuego, que, salvo en raras y violentas excepciones,
son también la materia prima del silencio.
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