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13 de Julio de 3081
Aún estamos en La Jodimos, intentando reparar nuestra nave. Snorr aprende muy deprisa
y ya me ayuda a montar y desmontar piezas. Ayer, riéndome de mi propia impotencia para reparar
el sistema de comunicaciones, repetí la vieja poesía de James Clark Maxwell
<
:
Mi alma es un nudo complejo
sobre un líquido turbulento
creado por una conciencia invisible;
y te sientes como un reo
deshaciendo el revoltijo con un pasador
sólo para convencerte de que el nudo será eterno
porque todas las herramientas para deshacerlo
se encuentran en la cuarta dimensión.
Lo que para mí era simplemente un viejo poema, para Snorr fue como una luz que se
encendió en su mente. Entonces me contó algo que nunca olvidaré.
Los viajeros, igual que nosotros, han buscado la cuarta dimensión desde hace más de doce
siglos, pero ellos la han encontrado, saben demostrarla racionalmente y creen en su existencia
práctica. Snorr me aseguró que estuvo una vez en la cuarta dimensión pero regresó. Fue cuando
derribaron su nave los merot, poco antes de que yo lo rescatara.
Hace unos días, quizás un mes, escribí en este diario que si un día me encontraba
desesperado me lanzaría a un agujero negro para intentar salir por el otro lado y encontrarme allí
con los muertos. Para mí eso era sólo un recurso poético, un elegante suicidio, porque sé de sobra
que un agujero negro no es un agujero, sino un cuerpo de masa tan gigantesca que es capaz de
atraer con su fuerza gravitatoria hasta a la propia luz, así que lo único que puede uno esperar al
lanzarse a un sitio así es un batacazo descomunal, una auténtica plusmarca de aplastamiento. Sin
embargo los viajeros piensan que no es así, creen que de verdad se puede pasar al otro lado,
aunque no haya vuelto ninguno de los que lo han intentado. Eso, para la mentalidad humana, es
algo más que sospechoso, pero los viajeros dicen que un camino de ida no tiene por que hallar
correspondencia con uno de vuelta, igual que es posible caer en un pozo e imposible salir de él.
En mi opinión, Snorr cree que estuvo en la cuarta dimensión por las alucinaciones que le
produjeron los traumatismos que tenía, y aun tiene, en la cabeza, pero en realidad no ha estado
en ninguna parte.
Como ya he dicho, los viajeros tienen una fuerte tendencia a creer en cosas transcendentes.
Basta con ver un archifamoso poema viajero cuyo autor no recuerdo, afortunadamente, porque
tenía un nombre que más parecía un gruñido que otra cosa.
Dice así:
No quiero ser el mezquino
vividor que no es capaz
de abandonar el camino
en que le puso el Destino
y al que él llama libertad.
Yo quiero ser esa luz
que se muere de inquietud
por volar al Más Allá.
No es el mundo mi frontera,
yo te amo, Eternidad
<
.
Nuestros poetas también escriben cosas así, pero no se las creen tanto. O vaya, eso
pienso.
<
Cuando llegue a entender la teoría viajera sobre la cuarta dimensión trataré de explicarla
por escrito.
Yo creo que Snorr me ha contado todo esto impresionado porque le haya dejado
ayudarme a desmontar la nave. Él creía, y con razón, que la tecnología de las naves humanas es
altísimo secreto, y quiso agradecerme de algún modo la confianza. Ahora, ellos saben la razón de
la maniobrabilidad de nuestras naves y nosotros sabemos que hay una manera práctica de pasar
a la cuarta dimensión, aunque ni él sabría construir la nave ni yo explicar el modo efectivo de
pasar al otro lado.
Creo, de todos modos, que es un trato bastante ventajoso para la raza humana, si es que
aún existe esa condenada casta de prófugos, porque habitualmente son las ideas novedosas las que
producen las más avanzadas tecnologías y no al revés.
Por cierto: ya que estoy poético hoy, debo decir que además del que copié pocas líneas
atrás he aprendido algún otro poema viajero. Parece ser que, contra todo pronóstico, también
abundan los poetas entre los viajeros. Ellos no conocen modas, ni estilos, ni estrofas u otras
formas de dar al tema cierto orden; ellos simplemente persiguen la belleza, y cuando la alcanzan
la encierran en canciones para cantárselas al Universo en acción de gracias.
Estas fueron textualmente las impresionantes palabras del viajero sobre la poesía de su
pueblo. Y esta, una de sus canciones. La está recitando ahora mismo Snorr para que pueda
copiarla:
Luz blanca de luna negra,
besa esta noche mi espada
para que en combate pueda
sentir como crece mi alma.
Escondida entre las sombras
ya sé que la muerte espera;
¡Destino!, pon un crespón
negro sobre mi cimera.
<
Una de las cosas en que los viajeros coinciden con nosotros es en su paso por una época...
digamos medieval, aunque la suya fue mucho más adelante, coincidiendo con nuestro siglo XIX.
De ahí su mención a espadas y cascos, que eran cascos y no cimeras, pero algo hay que
concederle a la rima
<
.
Desde luego, este poema no se parece a nuestros Richards, Vélez, Xiam-Ho, Whitman,
Wilson-Alunga o Goethe, pero hay que reconocer que tiene un espíritu muy especial
<
.
¡Oh, claro!, por supuesto, los viajeros son panteístas. Para ellos Dios está físicamente en
nosotros. Incluso nuestras oraciones son bastante parecidas.
Pero mejor dejarse de tonterías y volver a la realidad, que nos reclama. Aún hay trabajo
en la nave para permanecer en este putrefacto planeta otro buen número de días. Luego
cruzaremos los dedos y rezaremos para escapar de su condenada gravedad.
Moverse aquí es horrible: te deja totalmente exhausto. De hecho, hay que mover ciento
cuarenta kilos con un aparato locomotor acostumbrado a trasladar habitualmente a sólo ochenta.
Eso sí: cuando salga de aquí voy a poder enfrentarme a un campeón de lucha. Se me están
poniendo los músculos de un volumen increíble, con lo que por otra parte me empieza a molestar
la ropa. La Jodimos ataca siempre en los detalles más inesperados.
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Si regreso a la Tierra me vengaré recomendándolo como campo de pruebas para armas
de destrucción masiva. ¡O mejor aún!, como vertedero de residuos orgánicos no biodegradables.
Iba a acabar aquí lo poco que tengo que contar del día, pero creo que es necesario un acto
de justicia. No me he cansado de decir que estamos en este planeta para tratar de reparar las
averías de nuestra nave utilizando las piezas de la de Recaredo Silva. Yo mismo, me avergüenzo
de decirlo, me sorprendí al encontrar dos cadáveres en la nave cuando sé que desde siempre las
naves de este tipo van tripuladas por dos exploradores. La fama de Silva recorrió el mundo, pero
nadie, nadie habló de su compañero, del hombre que ocupaba en esta nave, la Celestia, el puesto
que yo desempeñaba en la mía hasta la muerte de Alexis. Su nombre era Nikos Iliantzatis y tenía
sólo un año menos que Silva. Se ocupó de mantener la nave a punto para que las transmisiones
fueran posibles hasta que llego su hora, una semana antes que la de Silva, seguramente porque
debía realizar mayor desgaste, aunque jamás se supo el motivo a ciencia cierta porque todo lo que
JOB tiene en sus archivos es que Silva informó escuetamente de la muerte de su compañero..
Es lamentable la manera en que nos olvidamos de la gente que ocupa puestos de menor
importancia aunque su papel sea vital para que los otros puedan realizar su trabajo o llevar
adelante sus hazañas. No propongo yo, ni creo deseable, que se iguale a todo el mundo bajo el
mismo rasero, porque si el jefe se lleva la responsabilidad, y hasta un posible proceso si las cosas
salen mal, es justo que se lleve los honores cuando sus decisiones conducen a un éxito, pero este
olvido, este ninguneo feroz que llega al punto de que un hombre como yo se sorprenda al
encontrar el segundo cadáver, es una injusticia flagrante.
Sirvan por tanto estas líneas de disculpa y desagravio para con Iliantzatis, que como yo
era el segundo de a bordo en su nave, y que todos los segundo de a bordo, y los terceros, y los
cuartos, sepan perdonarnos el olvido a que aveces arrojamos su nombre y su memoria.
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