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14 de junio de 3082
Todo sigue muy feo, tanto que me siento a escribir para calmarme más que para contar
algo. Acabo de encontrarme otras dos naves viajeras derribadas, y tengo que confesar que hasta
después de destruidas me dan miedo.
Puede que sea un cobarde, pero sólo pensar en encontrarme con los viajeros, aunque estén
demasiado ocupados en matarse con un enemigo desconocido, me pone los pelos de punta.
Tengo que confesar que fuera de los documentales históricos y las clases de instrucción,
estas son las primeras naves viajeras que veo en mi vida, pero por culpa de esos miserables estoy
donde estoy, y por su culpa también tuve que enterrar en Marte a Alexis, que más que mi jefe era
mi amigo, el único en el que de veras confiaba.
Los viajeros son una plaga estelar con la que hay que convivir, pero yo prefería no tener
más tratos con ellos, ni con sus son sondas, ni siquiera con los restos de sus naves. Es curioso,
pero aún destruidas y sin señales de vida a bordo siguen trasmitiéndome una especie de alarma
que no se explicar muy bien y que, desde luego, no debería permitirse un explorador. Se supone
que nosotros estamos entrenados para afrontar en todo momento los retos que pueda plantearnos
lo desconocido, pero ni el entrenamiento ni las razones que no dejo de repetirme logran convencer
a mi mente de que un viajero muerto no puede ser peligroso, o por lo menos no más que un
vergessino.
Pero no, esos pobres diablos no me dan miedo, tampoco lástima la verdad, porque no sé
casi nada de ellos y me cuesta compadecerme de un raza que mi ignorancia coloca cerca de las
máquinas; los vergessinos despiertan sólo mi curiosidad y mi precaución hacia lo que fuera o
quien fuera que los derribó.
JOB, el ordenador de a bordo, opina que debería evitar esa clase reacciones o ponerme
en autotratamiento psicológico, pero claro, él es un ordenador y no puede comprender estas
cosas. Convertir la evocación de un peligro en modelo matemático es poco menos que imposible,
igual que la repulsión, o incluso el rencor, ese rencor que no puedo evitar cada vez que pienso en
los centaurianos y en lo que me han quitado, en las horas que podía haber pasado con Hannah de
no haber sido por ellos, en los hijos que no tendré, en las pequeñas cosas que se han llevado sin
siquiera saberlo, sin importarles lo más mínimo, sólo porque iba en la nave equivocada y en el
momento menos oportuno. JOB no puede entender el rencor por más que esté programado para
conocer su definición y los mecanismos porque se rige, no alcanza a encajar en sus esquemas que
lo que me han hecho los viajeros pueda modificar la racionalidad de mi conducta hacia ellos, él
sólo entiende probabilidades y, por supuesto, la probabilidad de sufrir un ataque proveniente de
un viajero muerto es cero.
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