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LIBRO I: PANORAMA CONFUSO
PRIMERA PARTE
En busca del perdido planeta Tierra
16 de marzo de 3081
Hola. Me llamo Albert Wandel.
Hoy, por fin, me he decidido a escribir esto. La verdad es que tiempo no me falta, pero
el hecho de narrar lo que me ha sucedido representa para mí una especie de entrega a la
resignación, como si poner algo por escrito, y en tiempo pretérito además, fuera darlo ya por
irreparable. Y el caso es que, ciertamente, no tiene remedio, así que no hay razón para tanto
escrúpulo.
Por ser el primer día, me limitaré a contar cómo he llegado a esta endiablada situación.
No sé por qué, pero se me hace muy difícil comenzar. Supongo que será la falta de
costumbre; no en vano llevo ya muchos años sin poner por escrito lo que se me pasa por la
cabeza. Y no es fácil. Una cosa es contar algo de palabra y otra muy distinta tratar de escribirlo
cuando no se tiene el hábito de ordenar las ideas hasta el punto que esta actividad requiere. Pero
bueno: lo que me sobra es tiempo para acostumbrarme.
En fin: el caso es que en 2941, es decir, hace siglo y medio, que se dice pronto, la
situación de la Tierra era desesperada. La superpoblación había alcanzado límites críticos, cerca
de los cuarenta y seis mil millones de seres humanos, los recursos minerales estaban prácticamente
agotados, y sobre todo, la atmósfera se había calentado hasta un punto muy peligroso.
Y aunque unos problemas lleven a otros, y precisamente por el orden que los he
enumerado, mejor será que vaya por partes
. La superpoblación es un mal que lleva siglos y siglos
agobiando a la Humanidad sin que se haya encontrado manera de ponerle freno: la naturaleza, tan
sabia ella, lograba regular la población de todas las demás especies que habitaban la Tierra a base
de matar de hambre y epidemias a los que se salieran del cupo, pero los seres humanos
descubrimos la agricultura, la medicina y la solidaridad y decidimos rebelarnos. Durante unos
cuantos siglos la jugada salió bien, porque el incremento de la producción de alimentos bastaba
para cubrir los aumentos demográficos, y los avances de la medicina evitaban que el hacinamiento
diera lugar a la propagación de las enfermedades. La solidaridad, aunque sólo relativa, entre las
zonas más productivas y las que contaban con menores recursos, alentaba también el crecimiento
poblacional, permitiendo vivir en algunas regiones hasta cinco o seis veces más personas de lo que
aquellas tierras podían alimentar. El primer resbalón vino precisamente por ahí, porque como las
poblaciones de las regiones semidesérticas eran alimentadas con los excedentes de las tierras más
productivas, ocurrió que durante varios años hubo malas cosechas generales y dejaron de existir
aquellos excedentes. ¿Qué sucedió entonces? Seiscientos cincuenta millones de muertos por
hambre en seis meses, y otros trescientos el año siguiente. Al final se salieron con la suya los
grupos religiosos que propugnaban el control de la población por medios naturales: no hay nada
más natural que la muerte por inanición.
¿Qué se hizo a raíz de aquel desastre? Convertir la solidaridad en ley para que los que no
podían comprar o producir sus alimentos pudieran construir almacenes y hacer también sus
propias previsiones. De este modo, se llegó a sostener la superpoblación de manera permanente.
Y el método hubiera sido magnífico si, además de alimentar a los que ya estaban en el mundo,
hubiese aportado algún sistema para que no vinieran más, pero para eso hace falta cultura, y es
más fácil alimentar los estómagos de la gente que los cerebros
. Aunque lentamente, la población
siguió creciendo.
El segundo problema era el del agotamiento de los recursos naturales, y es lógico, porque
aunque se traían grandes cantidades de materias primas del espacio exterior, los recursos más
cercanos, y por tanto más baratos, o los puramente insustituibles, como el petróleo, o se habían
agotado hacía mucho tiempo o estaban en vías de ello debido a la sobreexplotación que imponía
la tremenda masa humana que atribulaba el planeta. Pobres o no, los seres humanos consumen una
cantidad de recursos naturales que no pueden ser comparados con los que gasta cualquier otra
especie; además, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, estos recursos requieren un
proceso de transformación que conlleva otros consumos. La superpoblación, por tanto, aceleró
el agotamiento de todo lo que tenía algún valor, desde el aire hasta el último metal, pasando por
el espacio para estirar los brazos. Y no crea que sean necesarias más explicaciones sobre esto.
Por último, los procesos productivos que menciono antes, contaminan y aumentan la
temperatura de la Tierra. Los cultivos requieren en muchos casos calor y aumentan la temperatura
de la Tierra. El ganado genera calor, las industrias generan calor, y todo, en fin, todo lo que lleva
aparejado la vida, produce calor y más calor, asquerosas cantidades de repugnante calor. La
Humanidad era una raza sudorosa.
Dos siglos atrás, cuando se fundieron los casquetes polares, los políticos se tomaron al
fin el problema en serio, pero hasta la invención del desoxidante de Danaka
no se adoptaron
medidas realmente drásticas.
El desoxidante era un cacharro diabólico ideado para extraer oxígeno de la sílice a falta
de plantas que realizaran la fotosíntesis. Como todo el mundo sabe, la inmensa mayoría de las
piedras, arenas, y demás compuestos minerales están formadas en un alto porcentaje por óxido
de silicio
. La clave del invento estaba en extraer el oxígeno mediante un complejo proceso de
calcinación que requería, obviamente, altísimas temperaturas
y gigantescas cantidades de
electricidad. La energía era bastante barata y el silicio resultante estable, aunque no sé explicar
cómo porque no soy ni físico ni ingeniero. Lo que importa es quela cosa estaba tan mal que tenían
que conseguir oxígeno sacándolo de la arena y del anhídrido carbónico de la atmósfera. Sobre
todo de la atmósfera, pero creo que lo de la arena da mejor idea de cómo estaba la cosa.
La energía necesaria se obtenía en las centrales nucleares y las cinéticas, mucho más
avanzadas, de las que, afortunadamente, no se construyeron más que las imprescindibles debido
a su altísimo coste.
Pero claro: todo lleva sus pros y sus contras, y la maquineja de las narices tenía la
desventaja de hacer subir la temperatura en muchos kilómetros a la redonda.
Y el calor es como la peste: no hay manera de eliminarlo, ni de convertirlo en otra cosa
que no de a su vez más calor, o al menos no hubo forma de conseguirlo al ritmo necesario.
La atmósfera, ya de por sí, no era capaz de desprenderse por las noches del calor solar y
el que originaban las actividades de las miríadas de seres humanos que poblaban la tierra. Cuando
llegó el desoxidante, el déficit de refracción
aumentó sin parar hasta convertirse en casi el doble
de lo que era antes de que Danaka tuviera su feliz idea.
Entonces, cuando empezaron a padecer sofocos algunas especies vegetales de las que
dependían las cosechas, se vio que había que hacer algo inmediatamente.
Pero la palabra inmediatamente tenía un significado muy elástico para los políticos de la
época, que se limitaron a restringir el uso del desoxidante y a crear gigantescos invernaderos
refrigerados (¡que despedían más calor!) donde pudieran seguir creciendo las cosechas necesarias
para alimentar a la casi estabilizada población de la Tierra.
Y así pasaron los años hasta que en 3051 hubo una crisis térmica tan aguda que no dejó
más alternativa que hacer algo o morir: ya no peligraban las cosechas, sino los devoradores de
cosechas: no se podía seguir dando largas al asunto.
Por aquel entonces nací yo. Se ve que cuando el destino no tiene otra cosa mejor que
hacer se divierte incordiando
al hijo de un empleado de la Empresa Aeroespacial.
Bueno, pues como decía, había que hacer algo, y ya que transformar la energía térmica
en mecánica no daba resultado, se resolvió, ni más ni menos, llevar la Tierra a otro sitio. Así,
como suena
.
El proyecto pareció una locura inimaginable a todo el mundo, excepto a los políticos,
claro está, que se sentían llamados a enmendarle la plana a Dios y dejar un recuerdo realmente
permanente de su paso por el Gobierno
.
El problema entonces paso a ser a dónde llevarla. La solución más popular, y la más
estúpida (suelen coincidir)
, era alejar la Tierra del Sol y acercarla a Marte, de tal manera que
recibiera menos radiación solar y bajara la temperatura en la superficie de nuestro planeta, que era
lo que se pretendía.
Pero como era de prever, Dios, Kepler y la astrofísica en general, lo tenían todo muy bien
calculado: no se pudo encontrar el modo de alejar la Tierra apreciablemente del Sol sin incurrir
en interferencias gravitatorias con Marte que nos llevaran a perder la Luna
, o a sufrir mareas que
se metieran doscientos kilómetros tierra adentro, y eso sin contar con una posible colisión, o con
lo que más tarde descubrió Fergusson: en la siguiente pasada del cometa Love (¡qué nombre!)
Marte haría que ese cuerpo celeste viniera directo contra nuestro planeta a darnos un terrorífico
beso, nunca tan bien dicho como en este caso.
O sea, que se decidió que lo mejor era no acercarse a Marte. Por supuesto no faltaron los
partidarios de destruir Marte, trasladarlo también o qué sé yo qué otras tropelías.
Si el único problema hubiera sido el calor, con un poco de suerte se hubiera desechado
la mudanza y se habría pensado en otra clase de medidas, pero como marcharse del Sistema Solar
arreglaba también el problema de las incursiones de los malditos viajeros, ninguna solución
alternativa pudo ofrecer otro tanto y se consumó el desastre, por lo menos para mí.
Escribo todo esto por si el que encuentra mi relato no es terrícola y no conoce los
antecedentes: si eres humano puedes saltarte unas cuantas páginas y seguir leyendo más adelante.
No podíamos seguir en el Sistema Solar, como decía, así que había que buscar un sitio
donde la Tierra tuviera alguna posibilidad de seguir siendo un planeta habitado. El traslado no era
problema: daba igual que el destino estuviera cerca o lejos porque no se iba a hacer lo que
normalmente se entiende por un viaje. Hacía algo más que un siglo que Nickelmann había
descubierto el hiperespacio, que técnicamente se denomina Sistema de Traslación por
Coordenadas de Partícula Subatómica. Como el cacharro en el que voy funciona aprovechando
ese sistema, estoy en condiciones de explicar en que consiste el invento de Nickelmann.
Este científico descubrió, en el curso de sus numerosas investigaciones, partículas
subatómicas en tal cantidad que se podría llenar una pantalla sólo con sus nombres. Pero esto, por
sí solo, no hubiera sido más que un simple avance de la Física. El verdadero descubrimiento
revolucionario fue que varias de esas partículas contienen las coordenadas en el espacio del átomo
al que pertenecen, de modo que, cuando el átomo se mueve, las partículas cambian su cantidad
de energía en función del movimiento que se ha producido. Por tanto, si se consigue modificar
esa cantidad de energía sin tocar nada más en el átomo, éste se encontrará donde indiquen sus
partículas localizadoras y se habrá trasladado del punto inicial al final sin haber recorrido ninguno
de los puntos intermedios. A Nickelmann le llevó treinta años convencer a sus colegas de que tal
cosa era posible, pero en cuanto la tecnología avanzó lo suficiente para que pudiera demostrarlo
en un laboratorio, hubieron de rendirse a la evidencia. Efectivamente, el átomo desaparecía de un
sitio y reaparecía en otro, aunque al principio no fue tan fácil.
El obstáculo más complicado fue adivinar la cantidad y el modo de variar la energía de las
nueve subpartículas de manera que fuera a parar a donde se pretendía. Los primeros experimentos
tuvieron resultados nefastos: no se volvió a saber de los átomos utilizados.
Lamentablemente, Nickelmann descubrió también que las partículas que contienen el
regulador del tiempo se encuentran en los antiátomos, es decir, en los correspondientes átomos
de antimateria, con lo que los reguladores del tiempo vienen a ser las antipartículas de los
reguladores del espacio. Esto nos lleva a que el espacio es lo contrario del tiempo, ecuación que
no sirve para nada pero contiene materia filosófica como para discutir durante un par de eras
geológicas. Porque claro, si el espacio y el tiempo son antagónicos, resulta que la velocidad es
una entelequia, o aún peor, una constante, porque si el uno crece al mismo ritmo que mengua el
otro, resultará siempre una magnitud invariable.
Bueno, a lo que estaba: después de los fracasos iniciales, Nickelmann consiguió controlar
el proceso y fue ideando las ecuaciones, leyes, principios y demás parafernalia científica necesaria
para que su descubrimiento llegara a ser algo útil. Así, poco a poco, quedaron establecidas las
bases prácticas para que la Tierra pudiera ser trasladada y para que funcione esta condenada nave
en la que voy.
Lo de mover la Tierra iba a dar trabajo, pero sería perfectamente posible. Hacer viajar a
una nave a velocidad hiperlumínica fue mucho más sencillo.
Este cacharro no se mueve linealmente, sino que va dando saltos en el hiperespacio tan
grandes y frecuentes como quiera el piloto. O sea, que esto es una especie de sapo cósmico que
salta a una velocidad de muchos miles de saltos por segundo. Un observador fijo podría decir que
sigo una trayectoria continua, pero en realidad mi trayectoria es una sucesión de puntos separados
entre sí y, por tanto, discontinua.
En estos momentos cada salto es de 170 Km. por razones de seguridad, pues cuanto más
largo sea el salto más fácil es que falle el sistema de seguridad que impide que vayas a aparecer
donde ya hay otro cuerpo. Ese sistema no tengo ni idea de cómo funciona, y prefiero no saberlo
para poder seguir confiando en él como hasta ahora: las cosas empiezan a fallar cuando dejan de
ser mágicas.
Así que, como digo, son 170 Km por salto, a razón de 5000 saltos por segundo, que es
como está dispuesto el regulador en estos momentos, da una velocidad de 850.000 Km/s. O sea,
que adelanto al haz de luz de una linterna. De todas maneras, esta no es ni mucho menos la
máxima velocidad que se puede alcanzar, pero pasar de ciertos niveles puede ser suicida, tanto
para la mecánica como para el piloto: por razones que no se conocen muy bien, cuando la
velocidad es muy grande hay pérdidas de átomos. Si se pierden los de la nave puede haber una
avería, y si se pierden los del cerebro del piloto...
Si no se lleva una velocidad excesiva, al viajar por el Espacio Negro, que es como se
conoce a donde no hay nada de nada, ni siquiera vacío, como decía un viejo amigo (murió loco),
se da un curioso efecto parecido al que experimentaban los antiguos al romper la barrera del
sonido, pero de eso ya hablo otro día.
Una vez establecidos los precedentes técnicos, creo que ya puedo contar el origen de la
desdichada situación en que me encuentro.
Como dije, mi padre trabajaba para la Agencia Aeroespacial, pero en tierra. Naturalmente,
en esas circunstancias, su hijo quería ser cosmonauta y viajar en las maravillosas naves que
revisaba su papá. Así, a los dieciséis años, con la ayuda de mis buenas cualidades y los contactos
de mi padre, ingresé en la Compañía Aeroespacial Terrestre.
Los tres primeros años fueron horrorosos, llenos de ejercicios destinados a acostumbrarse
a los cambios bruscos de gravedad y velocidad. Desde entonces no creo que me quede en el
cuerpo ningún órgano pegado a otro.
Luego nos llevaron a una escuela orbital donde nos hicieron toda clase de fechorías y
barbaridades para endurecernos la mente y acostumbrarnos a hacer frente a la soledad, la
melancolía y toda la batería de sentimientos perniciosos que suelen asaltar al cosmonauta. A pesar
de que guardo muy mal recuerdo de aquellos meses, creo que fueron los más útiles de mi
instrucción. Gracias a ellos aún no le he pegado un martillazo al regenerador de aire de la nave.
Y luego, ¡otros dos años de estudio intensivo!, pero entonces fueron las matemáticas y
no los cambios de gravedad lo que nos hacía vomitar. Estudié matemáticas, física, química y
astronomía como para dejar helado a un cerebro electrónico. En cierto modo creo que el mío no
se ha recuperado todavía. Y después, a elegir destino. Yo, como era uno de los primeros de mi
promoción, pude ingresar en el Cuerpo de Exploradores, que se dedica a ampliar un poco más
en cada viaje ese pedazo de universo al que llamamos espacio conocido.
Los primeros viajes fueron estupendos; en uno de ellos conseguimos llegar a un sistema
conocido desde hacía mucho tiempo, pero hasta ese momento inalcanzable. Se trata de Altaír, que
es donde me encuentro ahora precisamente, no tan emocionado como la primera vez, y sobre
todo, con mucho peor ánimo hacia este demencial conjunto de estrellas.
Ser explorador fue apasionante precisamente hasta que los políticos decidieron que la
Tierra no estaba bien en su sitio. Entonces se nos encargó buscar un lugar donde trasladarla. Se
nos dio una lista interminable de características que debía cumplir el lugar, una nave, y la orden
de informar enseguida de lo que fuéramos encontrando.
Había dos tipos de naves: las grandes, tripuladas por once hombres, que debían explorar
las zonas más peligrosas o aquellas donde se esperaba la presencia de fuerzas viajeras, y las
pequeñas, como la mía, tripuladas por dos exploradores, con la misión de llegar siempre más lejos,
como puntas de lanza, de modo que si encontrábamos algo interesante mandarían una de las
grandes.
Bueno, el caso es que me pareció una misión estupenda y me presenté voluntario para ella
contando con que al menos estaría siete u ocho meses en el espacio.
Hace aproximadamente un año fuimos alcanzados por una sonda durmiente viajera que
nos pilló por sorpresa (para eso están), y perdí a mi compañero de viaje y jefe, el comandante
Alexis. Desde entonces viajo solo, aunque no completamente solo, como explicaré más adelante.
Con el comandante Alexis se perdió también el sistema de comunicaciones.
Nickelmann se volvió loco intentando que las señales magnéticas saltaran también al
hiperespacio, pero no pudo hallar ninguna partícula sobre la que hacer el cambio de energía. Sus
trabajos eran algo parecido a intentar pintar de verde un fantasma. Finalmente, las que saltan son
las estaciones intermedias, pero hay que usar un sistema convencional de comunicaciones, que
como tal, es más inútil cuanto más lejos estás y, por tanto, cuanta más falta te hace.
Después del ataque de la sonda, con la nave llena de pequeñas averías y el cadáver de mi
compañero a bordo, inicié el camino de regreso hacia la Tierra. Tardé casi cinco meses en llegar
a las afueras del Sistema Solar, y como las averías de la nave se iban agravando, otras dos
semanas en alcanzar el Sol, pero cuando llegué a nuestra querida estrella y me dirigí rápidamente
a la Tierra, ya no estaba allí.
Sí, efectivamente: la Tierra ya había sido trasladada. La avería en el sistema de
comunicaciones había impedido que me enterara de esa vital novedad.
La busqué desesperado por todo el Sistema Solar, como el niño que revuelve una y mil
veces el cajón donde estaba la pelota, y cuando por fin me convencí de que se la habían llevado
casi me muero de desesperación. ¿Adónde ir?, ¿qué hacer?; confieso que estuve a pocos pasos
del suicidio.
En Júpiter, en la capa más externa de su corteza gaseosa, encontré los restos de un
naufragio con el equipo necesario para reparar las averías de mi nave y, todavía apabullado por
el golpe moral que había recibido, decidí buscar en el Sistema Solar alguna señal que indicara el
lugar a donde había sido trasladada la Tierra. Era muy difícil que encontrara algo, pues lo más
probable es que se hubiera mantenido toda la operación en secreto para librarse de una vez de los
viajeros, esa maldita raza de centaurianos que nos ataca periódicamente.
Recorrí todos los planetas, uno por uno, sin encontrar más señal que el monumento que
para mi sorpresa y mayor desesperación encontré en Marte. Se trataba de un gran obelisco
dedicado "A TODOS LOS EXPLORADORES QUE DIERON SUS VIDAS EN BUSCA DE UN
NUEVO HOGAR PARA LA TIERRA". Allí, entre otras dos docenas de nombres
, estaban los
de Renè Alexis y Albert Wandel.
Desde entonces busco la Tierra por todo el Universo guiado sólo por algo que, dentro de
mí, me impulsa a seguir en una u otra dirección. Se le puede llamar intuición, azar o espiritismo;
lo mismo me da, porque las mismas probabilidades de éxito ofrecen los tres métodos en casos
como este.
Mi única compañía es una especie de mosca que cogí en un planeta perdido de Achernar
I. No conozco su longevidad, pero algo me dice que está en las últimas. Cuando muera estaré
solo, completamente solo, buscando mi planeta en la inmensidad del Cosmos.
Por eso he querido escribir esto: para que si algún explorador del futuro lo encuentra sepa
de la angustia de esta pobre mierdecilla microscópica que avanza a saltos de hiperespacio por un
universo que aún no se sabe si es finito o infinito.
El que tuvo que buscar la aguja en el pajar era un tipo realmente afortunado.
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