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18 de marzo de 3081
Tras vencer mis ansiosos deseos de destrucción, prosigo este diario, que tratará de serlo,
aunque no dudo que al final su periodicidad resultará totalmente arbitraria, y si no es así es que
no lo he escrito yo
.
En fin. Por unas horas dejo de dar saltitos para tomar trayectoria continua. La gran
cantidad de asteroides que pululan por esta zona y la velocidad a la que se mueven torna muy
peligroso utilizar el sistema de Nickelmann. Ahora tendré que sacarle un buena rendimiento al
motor de fusión. En cierto modo es un fastidio llevar equipado este tipo de motor, sobre todo
porque, haga lo que haga, el combustible va a durar más que yo. Así ni siquiera me queda la
esperanza de que la falta de propulsión termine con este loco vagabundeo. En eso no me distingo
gran cosa de los antiguos navegantes, a los que se les podía agotar la reserva de agua, de comida
o de paciencia, pero rara vez la de viento.
Iba a decir que resulta curioso tripular una nave que es más durable que uno mismo, pero
me he acordado de la Tierra y de todos los demás planetas habitados y creo que mejor aprovecho
la magnífica ocasión que se me presenta de callarme una tontería.
Me encuentro en Altaír, que está a unos pocos parsecs
de donde orbitaba la Tierra antes
de que la banda de majaderos del Gobierno decidiera llevarse el planeta a dar un garbeo. De
momento, por aquí, ni rastro, aunque, la verdad, ¡también tendría su gracia que fuera a aparecer
precisamente en el área que yo he explorado!
A veces me pregunto si no sería buena idea espiar a los viajeros y ver si ellos han sido
capaces de encontrar mi planeta, porque me jugaría el alma a que ellos también andan buscándolo
como locos. Pero claro, espiar a los viajeros es como buscar agua siguiendo a una manada de
leones hambrientos, así que mejor lo dejamos estar, porque si me encuentran me asan en mi
propio jugo y me utilizan luego de alimento para su ganado.
Unos chicos un tanto bruscos, los viajeros.
Además, a mí, como miembro del Cuerpo de Exploradores, y por tanto
militar, me tratarían aún peor que a Gustavsson.
Sigo buscando porque no se me ocurre otra cosa que hacer, pero sólo en la zona en que
me encuentro hay varios miles de millones de estrellas y cualquiera de ellas puede alumbrar ahora
a la Tierra. De todos modos creo que no está por aquí: no la siento cercana.
Mi único medio para guiarme es mi propio sentimiento; un curioso radar, pero no me
queda otro. Para encontrar la Tierra debo seguir mis raíces, igual que el que se pierde en un
laberinto debe seguir la cuerda que fue desenrollando mientras avanzaba. La verdad es que la
cuerda que yo he usado es más bien endeble, o imaginaria si se quiere, pero es mejor caminar en
círculos que sentarse a esperar la muerte.
Lo más maravilloso sería encontrar una nave de los vergessinos; sólo ellos estarían
dispuestos a ayudarme, o mejor dicho, sólo a ellos puedo ofrecerles algo a cambio de su ayuda.
Los llamamos así, vergessinos, porque fueron descubiertos por Gunther Berger, que llamó
Olvido al planeta, y, además, en el idioma de su pueblo
. A todos nos pareció un curioso nombre,
pero nunca se llegó a saber la razón por la que lo eligió el explorador.
La amistad entre humanos y vergessinos ha sido siempre fría pero muy fructífera. No se
basa en el mutuo conocimiento, sino en el mutuo respeto. Estoy seguro de que me ayudarían a
encontrar la Tierra a cambio de información sobre un planeta formado enteramente por cinabrio
que he descubierto en Achernar. Para ellos el mercurio es un material utilísimo, y un planeta así
sería un tesoro de valor incalculable.
Hasta hace relativamente poco tiempo, los vergessinos no se movían del entorno de su
planeta. De hecho, no hace demasiado que salieron por primera vez al espacio, pero son chicos
que aprenden deprisa y cada vez llegan más lejos en sus misiones comerciales y mineras. Son unos
negociadores duros, pero una vez que has llegado a un acuerdo con ellos no tratan de engañarte. En esa fiabilidad apoyan su buena reputación en los negocios y por eso han crecido tan deprisa
con la intensificación de las relaciones comerciales. A ver si tengo surte y me encuentro alguna
nave suya.
Mientras tanto y no, a pasar el rato lo mejor que pueda.
Desde hace algún tiempo me dedico a jugar al ajedrez con el ordenador de a bordo. Es un
juego primitivo pero muy complejo, aunque se podría complicar aún más haciendo que el
movimiento de cada pieza dependiera de la fila en que se encontrase. He probado a jugar con esa
variante, inventándome las normas, y el juego se vuelve demencial. De todas maneras no se puede
igualar la riqueza combinativa que ofrecen las normas originales, porque no es sólo cuestión de
posibilidades, sino también de la armonía y equilibrio que logren entre ellas. Casi nadie practicaba
ya ese juego en la Tierra, salvo algunos románticos que se aferraban al tablero y a las piezas en
vez de entregar su tiempo libre a las pantallas electrónicas, pero puede resultar tan absorbente
como el más sofisticado de los simuladores. Demasiado incluso, algunas veces. De todas maneras,
no soy de los que piensan que el ajedrez es una alegoría de la vida, o un mundo en miniatura; es
cierto, concedo, que se pueden saber muchas cosas de la psicología del jugador observando su
manera de moverse en el tablero, pero cualquier otra actividad más o menos compleja, como
cocinar o cuidar un jardín, por ejemplo, daría una información parecida.
Además de jugando al ajedrez, también paso al menos una hora diaria hablando con el
ordenador de a bordo. Desde que murió Alexis no mantengo conversación alguna y es peligroso
perder el hábito del lenguaje.
Ya que menciono al comandante Alexis, no se me ocurrió nada mejor que enterrarlo en
Marte al pie del obelisco dedicado a los héroes de la exploración. Si alguien encuentra la tumba
antes de que yo dé con la Tierra se va a topar con enigma de mucho cuidado: uno de los caídos
está enterrado junto al monumento que habla de su desaparición. Luego, ¿cómo diablos llegó
el comandante Alexis hasta su última parada?
Ser fabricante de misterios es un pasatiempo bastante estúpido, pero qué le vamos a hacer.
Puede que alguien llegue a pensar incluso que lo llevó su propio compañero y tal vez se dignen
avisarme, de algún modo que ahora no puedo adivinar, de la nueva localización de la Tierra. Digo
todo esto por consolarme, más que nada, porque me parece imposible que asuman el riesgo de
ser descubiertos por los viajeros a cambio de salvar a un sólo hombre, y más después de todos los
que han caído en combate contra esos desgraciados.
Lo he pensado mejor y creo que rectifico: ser fabricante de misterios es pura filantropía
en tanto que significa dar a los demás ocasión para mover las neuronas. Un misterio, además, es
un problema que no puede ser resuelto por los medios habituales, así que además obliga a
emplear la imaginación. Obviamente, me aburro demasiado.
Muy pronto abandonaré esta constelación del demonio y me moveré otra vez por la nada
de nada, como decimos los exploradores.
Sinceramente, soy incapaz de imaginarme un lugar donde acabe el Universo, si es que
acaba en alguna parte. No puedo imaginarme un lugar en el que ni siquiera la nada exista. Según
los más sesudos científicos, la nada, el vacío, forma parte del Universo, pero más allá del Universo
se acaba el espacio-tiempo y no puede existir ni siquiera la nada, pues no tiene lugar sobre el que
definirse.
Todo eso está muy bien para escribirlo en un despacho o soltarlo en una clase, pero
cuando se han pasado meses y meses navegando por lugares donde puede haber, como mucho,
una docena de átomos por metro cúbico, uno acaba por pensar que la nada puede no tener final
y seguir definiéndose como tal nada en tanto que navegable. No sé si me explico, pero tampoco
importa mucho. El caso es que a mí me resulta muy difícil asumir una idea así, porque, si no hay
vacío, ¿qué hay?, ¿qué es la ausencia de vacío? Por definición, es la materia. Entonces, el final
de universo es un lugar a partir del cual sólo hay materia continua?; podría ser, aunque parece
improbable, sobre todo porque una cantidad de materia así tendría una fuera gravitatoria millones
de veces superior a la del más negro de los agujeros negros. Entonces, ¿qué ocurre? ¿que es
redondo y a cualquier sitio que vamos no hacemos más que dar vueltas?; eso ya parece más
aceptable, o lo parecería de no ser porque esa bola se colapsaría inmediatamente a falta de fuerza
que empuje hacia fuera de forma suficiente. ¿Se puede deducir entonces que el Universo es
infinito? Prefiero no pensarlo, aunque la verdad es que me debería dar lo mismo, porque tan
perdido estoy yo como el que se extravía en un mísero planeta, o incluso en un pequeño desierto
como los que había en la Tierra: ninguno sabemos cómo salir, y partiendo de esa base, todas las
demás magnitudes resultan indiferentes.
Parece mentira que se le pueda tener tanto cariño a un planeta viejo, contaminado y
superpoblado, pero creo que es como el cariño que se le tiene una madre, por más vieja y
achacosa que esté. La única diferencia es que las madres no se suelen largar sin dejar aviso, a no
ser que las secuestren claro, como es el caso.
En fin. Ya basta por hoy. Tengo sueño y me apetece dormir un rato; aquí no hay noches
ni días y es importante conservar los ciclos vitales. Como hace dieciséis horas que desperté, lo
correcto es irse a dormir.
La radio, la parte que aún funciona, sigue emitiendo mensajes que se pierden en el espacio,
aunque sospecho que el codificador está averiado y nadie entenderá una palabra de lo que reciba,
si es que lo recibe alguien. Bueno, como no tiene remedio no sirve de nada preocuparse; lo que
importa es que tal vez mañana haya grabada una respuesta.
Siempre es bueno irse a dormir con una esperanza.
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