21 de marzo de 3081

 

 

            Avanzo a toda velocidad por la más nada de las nadas. Esta vez ni siquiera conozco el lugar al que me dirijo, pues se encuentra ya en el área descubierta por otro explorador. A veces me pregunto que pasaría si mi nave tuviera ahora una avería y se parase. Ya sé que eso es imposible porque, curiosamente, aunque viaje en el hiperespacio mi nave sigue teniendo cierta inercia y seguiría avanzando hasta que algún cuerpo la detuviese. Es imposible, pero me gusta torturarme con la idea de que voy a convertirme en una eterna baliza de señalización, aunque señalizara sólo que allí hubo una avería que el piloto fue incapaz de reparar. De todos modos lo más probable es que nunca llegaran a encontrarme.

            Lo que de veras me asusta es la agonía que eso significaría: con las reservas recogidas en el Planeta Azul de Altaír tengo comida para aproximadamente un año, y un año mirando la nada de nada es demasiado tiempo. Ahora comprendo por qué Dios decidió crear el Universo: el vacío le producía jaqueca, y las jaquecas de Dios deben de ser algo terrible.

            Pero por ahora este trasto sigue avanzando. Por cierto: he nombrado el Planeta Azul de Altaír y no he dicho lo que es. No hace mucho decidí aterrizar sobre la superficie de un planeta que se parecía muchísimo a la Tierra. Podría decir que cuando lo vi me dio un vuelco el corazón, pero sería mentira: el Universo está lleno de planetas azules y ya estoy acostumbrado. Si embargo éste era especial. Tenía continentes, mares, nubes, ¡y hasta vegetación!, así que decidí bajar.

            Después de tomar todas las precauciones habidas y por haber conseguí que mi nave, que por una ironía de las que tanto le gustan al Destino se llama Buena Estrella, tomara contacto con el planeta.

            Las mediciones de la atmósfera dieron como resultado que era totalmente respirable; tan sólo tenía un 1 % más de Oxígeno que la de la Tierra en sus buenos tiempos. A pesar de ello, tomé todas las medidas de seguridad posibles, porque en un sitio en el que hay vegetación puede haber también algo que se la coma, y lo que aún es más grave, algo que se coma a lo que se come la vegetación.

            Así pues, armado hasta los colmillos, salí con el vehículo de superficie a ver lo que había en el planeta. Naturalmente, todas las especies vegetales me eran desconocidas, pero algunas eran muy parecidas a las de la Tierra. Vi también animales de varios tipos, aunque todos eran de superficie (no encontré aves), y no me dio tiempo a fisgar en los ríos en busca de vida acuática.

            Luego, al anochecer, volví a la nave y señalé el planeta en el mapa electrónico con el nombre de Planeta Azul de Altaír. Las diferencias más importantes respecto a la Tierra son que el día dura 29 horas y 38 minutos, y que en vez de una sola luna tiene siete, una de ellas formada completamente por agua y otras dos huecas como los satélites de Marte antes de que los llenáramos con basura contaminante Footnote .

            Encontrar planetas como este me hace pensar si no sería buena idea quedarse a envejecer tranquilamente en vez de buscar el Viejo Hogar. La respuesta es muy sencilla y muy antigua: "vio Dios que el hombre estaba solo...". Eso es lo que me pasa a mí: que estoy demasiado solo y no quiero pasar así el resto de mi vida. La culpa es de la mente humana, pero yo no tendría ninguna satisfacción dominando un planeta si no tengo a nadie con quien compartirlo. Ya he pensado muchas veces en el egoísmo de quien quiere compartir algo, y a veces creo que lo hace para poder disfrutar de lo que tiene y no para que el otro pueda tenerlo también. Siempre se comparte por satisfacción propia, siempre, incluso cuando se priva uno mismo de la porción que se entrega al otro, incluso cuando esa privación supone un grave sacrificio: la solidaridad no es más una sofisticada masturbación del alma.

            Si me quedara en el Planeta Azul, en pocos años viviría en un Paraíso a mi medida, pero un Paraíso para uno solo es como una isla para un sólo náufrago, que por maravillosa que fuera la isla nunca lograría hacer olvidar al náufrago la compañía de sus semejantes, y añorarla; nunca conseguiría impedir que, a la primera oportunidad, el hombre tratara de llamar la atención de un barco para que le llevara de retorno a la mugrienta, peligrosa y hacinada ciudad. Eso es lo que me pasa a mí, sólo que yo no tengo que esperar a ningún barco; me basta con subirme a mi nave y alejarme hacia otra soledad muy distinta, la soledad con esperanza de dejar de serlo un día. Es increíble lo que puede hacer la esperanza.

            Cuando ingresé en el cuerpo de exploradores asumí que era muy difícil que llegara a casarme. Este oficio es parecido a un sacerdocio, pero a nosotros no es una norma sino el tiempo lo que nos impide casarnos. Es muy difícil encontrar a alguien dispuesto a casarse contigo y no verte después en un año, o más tiempo si la misión es muy larga.

            De todos modos, me he prometido a mí mismo que si algún día logro volver a la Tierra intentaré casarme. Nunca como ahora, sobre todo en el Planeta Azul, he sentido tanto la necesidad de una mujer. Si hubiera tenido una compañera es muy probable que me hubiera quedado en el Planeta Azul a fundar mi propia raza de exploradores, pero así... así debo conformarme con soñarlo.

            Y los sueños no perdonan. Te buscan, te encuentran, y tienen una puntería acojonante.