Prefacio

Dar explicaciones cuando nadie las requiere es siempre síntoma de flaqueza, ya sea
argumental, moral, o simplemente narrativa. Dicho lo cual, quien quiera puede saltarse sin mayor
cargo de conciencia esta prescindible introducción y pasar al diario propiamente dicho, que no le
falta al asunto tela que cortar ni soga con que ahorcarse.
El caso es que el texto que nos ocupa, nos abruma incluso, lleva aparejadas tan
extraordinarias circunstancias que presentarlo tal cual constituiría poco menos que una mutilación.
El millar largo de páginas que integra esta obra apareció en junio de 1989, nada menosque en el interior de una encina, en una pequeña localidad zamorana en que los agricultores han
ido a menos y los constructores a más, lo que explica que los campos del lugar lleven varias
décadas muertos de risa. Como quiera que la encina tenía —y tiene— casi seis metros de
perímetro y tal especie crece a un ritmo inapreciable, resulta imposible determinar en qué siglo
fue a parar dentro del árbol el cilindro metálico que contenía el material que ahora se muestra.
Podrían aventurarse infinitas hipótesis sobre su procedencia y el modo en que llegó a su
arbóreo escondrijo, pero como resultan todas ellas igualmente irracionales e indemostrables,
mejor ahorranos aquí tan imprudente incursión en la vasta y accidentada orografía del desatino.
Lo cierto es que allí estaba y con eso tiene que bastar.
El cilindro en cuestión, que se perdió dos años después sin que se deba achacar su extravío
a más misterio o abducción que la negligencia del compilador en una mudanza, mostraba
aproximadamente treinta centímetros de diámetro por cuarenta de altura, sin que su confección,
fuera de la ausencia de deterioro, diera a entender prodigio tecnológico alguno. La tapadera, de
unos cinco centímetros de altura, presentaba en su parte interior una muesca que encajaba
perfecta y armónicamente con la del recipiente principal, troquelada en idéntica forma pero con
relieve contrario. Resumiendo: iba a rosca.
En el interior, escritas por ambas caras en letra de imprenta, se encontraban unas
ochocientas hojas grises, perfectamente conservadas, si es que semejante término es aplicable a
algo que supuestamente procede del futuro. El texto, en su totalidad, había sido compuesto en
español, lo que, una vez más, puede dar lugar a largas disquisiciones de toda índole que a buen
seguro hallarán mejor momento y lugar para su debate. Lógicamente, contenía incontables
neologismos que he tratado de interpretar como mejor he podido, sin otro criterio que el de
respetar el sentido de la obra, o mejor dicho, el sentido que en cada caso me ha sido dado inferir
de lo que tenía ante mis ojos. Asimismo, han sido realizadas no pocas correcciones con la
intención de hacer más legible el diario, que en su versión original abundaba en datos y
anotaciones para nada relacionados con el cuerpo principal. Algunas de estas modificaciones se
explican mediante las oportunas notas a pie de página; el resto de estas notas responde,
simplemente, a la voluntad del compilador de no verse reducido a la simple y enojosa labor de
copista de una obra ajena, lo que vale por decir que el lector bien puede ahorrarse interrupciones
y hacer caso omiso de las llamadas.
En cuanto a la estructura del diario, es obligado aclarar que solamente es original la
división correspondiente a las fechas; la fragmentación en libros y capítulos ha sido añadida a
posteriori y es, si no aleatoria, caprichosa. La decisión más difícil fue, sin duda, partir en
fragmentos dispersos el relato de Judas I. Weiss, que formaba un todo continuo en el original,
como si se tratara de una segunda obra. Como quiera que complementa al diario en muchos
aspectos, y por separado no tendría significado alguno, se procedió a su dispersión, aun a
sabiendas de que se incurría en barbarie literaria. Quien lo entienda de otro modo es muy libre de
copiarlo y ponerlo todo junto.
Aparte del texto principal del diario, había también unas cuantas historias sueltas,
explicativas en muchos casos de antecedentes y aledaños de lo que se narra en el diario, pero de
momento se ha preferido dejar esos textos para otra ocasión.
Por último, no debe olvidarse que estamos ante un diario, con lo que tal hecho representa
desde el punto de vista del purismo estilístico. Es de suponer que su autor se preocupaba más de
reflejar los hechos que sucedían a su alrededor que de la concepción formal del texto. También
en ese sentido se han realizado infinidad de correcciones, pero tratando en todo momento de
respetar la frescura y espontaneidad que inspiraron este escrito, que sin duda podría estar mejor
redactado, pero no sin perder parte de su expresividad, y con ella su mejor valor como
documento, conjetura, o lo que cada cual tenga a bien encontrar en las páginas que siguen.
Tiene que valer.
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